Descubre el secreto del pragmatismo que cambiará tu vida

Durante los últimos dos años, la serie de estudios del proyecto Democracia UDP ha documentado con notable claridad una transformación profunda del clima de opinión pública en Chile. Aunque la mayoría de la ciudadanía afirma sostener un compromiso normativo con la democracia, una proporción creciente relativiza ese apoyo cuando se trata de enfrentar problemas urgentes como la delincuencia, la inseguridad o la corrupción.
Lo que surge no es un deseo de abandonar la democracia, sino la consolidación de lo que los investigadores denominan “autoritarismo pragmático”: un patrón cultural que normaliza la idea de que la democracia puede ser suspendida en algunos ámbitos sin perder su apariencia formal. No se trata de un regreso al autoritarismo tradicional, sino de una transformación silenciosa: la democracia sigue siendo el ideal, pero se vuelve negociable en la práctica.
Insatisfacción y miedo como motores de la agenda política
Esta tensión se refleja también en la evaluación del funcionamiento democrático. En los últimos estudios, la mayor parte de los ciudadanos se declara insatisfecha o muy insatisfecha con la democracia chilena, convirtiendo el descontento en una constante del panorama político. Lejos de ser un fenómeno puntual, esta insatisfacción revela una desafección profunda con el sistema institucional, sus actores y su desempeño.
Cuando se les pregunta sobre los problemas que consideran prioritarios, la delincuencia ocupa de forma consistente el primer lugar, muy por encima de cualquier otro tema. Esta centralidad del temor al delito reconfigura la disposición ciudadana hacia soluciones autoritarias. El deslizamiento autoritario funcional se articula con una ciudadanía cada vez más emocional y menos doctrinaria; estudios recientes demuestran que el voto y las preferencias políticas están influenciados principalmente por emociones negativas como miedo, rabia y frustración, más que por identidades estables o convicciones ideológicas.
Paralelamente, se observa un fenómeno estructural: la desinstitucionalización de la formación de la opinión pública. Las fuentes tradicionales —televisión abierta, prensa escrita y partidos políticos— pierden influencia frente a redes sociales, influencers y círculos cercanos, que se convierten en los nuevos “curadores” del sentido público. En los últimos sondeos, las redes sociales aparecen como la principal fuente de información, superando a los diarios y a la radio y acercándose a las plataformas de noticias en línea. Esta fragmentación reduce la intermediación y facilita la circulación de discursos simplificados, punitivos y emocionalmente movilizadores.
El autoritarismo pragmático no se distribuye de manera homogénea. Su expresión varía significativamente según nivel socioeconómico, territorio y posición ideológica. En los segmentos socioeconómicos más bajos, la hesitación respecto a la democracia es menor y la disposición a considerar un gobierno autoritario es mayor; en los grupos de mayores ingresos, la hesitación democrática aumenta y la preferencia por alternativas autoritarias disminuye. En el eje izquierda‑derecha también se observa una clara fractura: la mayoría de quienes se identifican con la izquierda y la centroizquierda afirman que la democracia es siempre preferible, mientras que menos de la mitad de los identificados con la derecha comparten esa visión. En este último segmento, más de la mitad cree que, en ciertas circunstancias, un gobierno autoritario podría ser preferible y apoya la adopción de medidas más duras, aun cuando estas comprometan libertades.
Estos patrones se reflejaron en los resultados de la primera vuelta presidencial del 16 de noviembre. La geografía del voto coincidió prácticamente con los clivajes previamente medidos. En el Norte Grande, donde la inseguridad y la inmigración ilegal son temores predominantes, José Antonio Kast obtuvo un apoyo contundente. En las zonas rurales y periurbanas del Centro‑Sur, la candidatura de José Kast también consolidó su fuerza, particularmente donde el temor al delito es más alto y la satisfacción con la democracia más baja. En los grandes centros urbanos —Santiago, Valparaíso y Concepción—, la candidatura de Gabriel Boric (Jara) obtuvo mejores resultados, anclada en sectores medios y populares politizados.
Así, la cartografía electoral se superpone casi de manera perfecta con los patrones actitudinales previos: donde la democracia es más valorada, prosperan las alternativas progresistas y deliberativas; donde predomina la percepción de amenaza, la demanda de orden y autoridad se vuelve el eje central de las preferencias. Estudios anteriores ya anticipaban esta división, describiendo “dos Chiles actitudinales”: uno que ve en la democracia un horizonte normativo y otro que la considera útil mientras produzca seguridad y protección.
El diagnóstico es claro: la democracia chilena no está siendo rechazada, sino renegociada. La ciudadanía sigue valorándola en el plano simbólico, pero exige resultados concretos y rápidos. Cuando el sistema no los entrega, la legitimidad democrática se vuelve condicional y emerge la disposición a soluciones excepcionales. La tensión ya no es entre democracia y autoritarismo, sino entre democracia y eficacia. El desafío para el sistema político es monumental: no basta con reivindicar la democracia como ideal normativo; es necesario demostrar que puede garantizar seguridad, justicia, representación y protección. Mientras esa brecha persista, el autoritarismo pragmático seguirá expandiéndose como una respuesta emocional y utilitaria a la frustración colectiva, y los próximos ciclos electorales podrían profundizar aún más una tendencia que ya ha dejado de ser un síntoma para convertirse en una característica estructural del clima político chileno.

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