Jan Brueghel el Viejo, nunca nadie pintó tantas y tan raras flores

En el siglo I d.C., el naturalista romano Plinio el Viejo relató en el libro XXXV de su Naturalis Historia una de las anécdotas más famosas que enlazan la botánica con la pintura. Según Plinio, en el siglo V a.C. se organizó un concurso para decidir quién era el mejor pintor: Zeuxis o el célebre Parrhasios (Parrasio). Zeuxis pintó un racimo de uvas tan realista que unos pájaros, atraídos por la supuesta jugosidad de la fruta, se acercaron volando y picotearon la obra, sirviendo de jueces y otorgándole un aplauso inmediato.
Sin embargo, el veredicto aún no estaba cerrado. Parrhasios presentó una obra cubierta por una tela. Convencido de su victoria, Zeuxis retiró la tela con confianza, solo para descubrir que la “capa” también estaba pintada. Reconociendo la astucia de su rival, Zeuxis admitió la derrota, pues mientras él había engañado a los pájaros, Parrhasios había engañado a él, el artista.
La derrota no desanimó a Zeuxis; más tarde pintó a un niño sosteniendo un racimo de uvas que, de nuevo, atrajo a las aves. El pintor comentó que, de haber logrado la misma perfección en la figura del niño, los pájaros habrían temido a la representación.
El auge del bodegón floral y el genio de Jan Brueghel el Viejo
El relato de Plinio subraya la admiración que, desde la Antigüedad, artistas de todas las épocas han sentido por la representación de las plantas. Aunque en la tradición artística los bodegones se consideraron a menudo un género menor, relegado a la decoración de escenas narrativas, a partir del siglo XVI el bodegón floreal emergió como una disciplina independiente y pujante en toda Europa.
En el norte de Europa, los pintores flamencos desarrollaron composiciones abundantes y detalladas; en Italia y España, la representación de la flora adquirió matices propios, desde la sobriedad de las naturalezas muertas españolas hasta la opulencia de los bodegones neerlandeses.
Uno de los máximos exponentes de este estilo fue Jan Brueghel el Viejo (1568‑1625). Nacido en Bruselas y activo principalmente en Amberes, Brueghel pasó algunos años en Italia a finales del siglo XVI, pero fue en los Países Bajos donde consolidó su fama como maestro del bodegón floral.
Brueguel se distinguió por su capacidad para retratar una enorme variedad de especies, desde rosas, claveles y peonías hasta pequeñas flores como nomeolvides y alhelíes. Su técnica exigía una ejecución directa “de una sola vez, sin dibujos ni bocetos”, tal como él mismo afirmó: “Todas florecen en un plazo de cuatro meses y deben representarse sin ornamentos y con suma discreción”.
En agosto de 1608, Brueguel escribió a un cliente que le resultaba imposible continuar con una composición porque “las flores de este año se han marchitado; debo esperar a la primavera y trabajar desde mediados de febrero hasta mediados de agosto”. Este retraso no era inusual; numerosos pintores de bodegones florales esperaban la temporada de floración para garantizar la fidelidad de sus representaciones.
Lo que sí constituía una verdadera proeza era la amplitud de especies y cultivares que Brueguel lograba incluir en sus obras. En una carta dirigida al cardenal Federico Borromeo, en Milán, el artista manifestó: “Creo que nunca se pintaron tantas y tan raras flores, y, además, con tanto esfuerzo”.
Para acceder a ciertas especies que no crecían en su entorno, Brueguel emprendía viajes. En una misiva explicó que “algunas flores son desconocidas aquí y nunca se han visto; por ello viajé a Bruselas para encontrar variedades que no se encuentran en Amberes y así poder retratarlas del natural”.
En España, varias colecciones públicas albergan obras de Jan Brueguel el Viejo. La contemplación de sus delicados trazos, la precisión de los colores y la minuciosidad de los estambres y el polen revelan no solo una destreza técnica, sino también un profundo amor por la naturaleza y su belleza efímera.

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