Quién es el verdadero villano en esta historia de héroes y víctimas

Villano en historia de héroes y víctimas

El caso de Gisèle Pelicot ha conmocionado al mundo: fue drogada por su marido durante años para que este pudiera invitar a hombres desconocidos a abusar de ella mientras estaba inconsciente. Más de 70 personas han sido acusadas en este horroroso caso de violencia sexual sistemática, que ha quedado registrado en cientos de videos. A pesar de la magnitud de su sufrimiento, Pelicot ha dejado claro en entrevistas que no desea ser etiquetada como víctima. “No quiero la etiqueta de víctima”, afirmó, marcando una distancia consciente entre su experiencia de abuso y la identidad que el mundo quiere asignarle. Un sentimiento similar expresó Christine Villemin, cuyo hijo de cuatro años, Grégory, fue asesinado en 1984 en Francia en un crimen que conmocionó al país. Convertida también en una figura pública por el drama, Villemin reveló con amargura que, en algunos momentos, tuvo la impresión de que la gente envidiaba su desgracia. “Se diría que la gente envidia la desgracia que nos sucede”, dijo. Estas declaraciones abren una reflexión incómoda pero necesaria sobre el lugar que ocupan las víctimas en la sociedad contemporánea.

Índice

La paradoja de la victimización en la era moderna

En 2014, el escritor publicó un libro sobre Enric Marco, un hombre que durante décadas fingió haber sido prisionero en un campo de concentración nazi, llegando incluso a presidir la asociación de supervivientes en España, sin haber estado jamás en un campo. Su impostura duró años, no porque no hubiera formas de verificar sus afirmaciones, sino porque nadie quería cuestionar a una supuesta víctima. Como señaló Daniele Giglioli en su ensayo *Crítica de la víctima*, “la víctima es el héroe de nuestro tiempo”. Esa condición otorga un estatus especial: protege contra la crítica, exige escucha y garantiza una presunción de inocencia casi absoluta. Tzvetan Todorov fue aún más contundente: “Todo el mundo quiere ser una víctima, pero nadie quiere haberlo sido”. En otras palabras, muchos desean los beneficios sociales de la victimización —reconocimiento, empatía, legitimidad— sin haber soportado el sufrimiento real que la acompaña.

Puntos Clave
  • El caso de Gisèle Pelicot expone un abuso sexual sistemático durante años por parte de su marido, quien la drogaba y permitía que más de 70 hombres abusaran de ella mientras estaba inconsciente
  • Pelicot rechaza ser etiquetada como víctima, afirmando que no desea que su identidad se defina por el sufrimiento que padeció
  • Christine Villemin, madre del niño asesinado en 1984, expresó que en ocasiones sintió que la gente envidiaba su desgracia, evidenciando una paradoja social respecto al papel de las víctimas
  • La figura de la víctima en la sociedad moderna adquiere un estatus casi heroico que otorga protección, atención y presunción de inocencia, lo que lleva a fenómenos como el de Enric Marco, que fingió ser superviviente de un campo de concentración para obtener reconocimiento

Este fenómeno explica, en parte, por qué algunas personas rechazan la etiqueta de víctima: porque saben que, al convertirse en símbolos, corren el riesgo de perder su agencia, su voz y su complejidad. Pelicot, por ejemplo, no busca compasión pasiva, sino justicia activa. Su valentía no reside en haber sufrido, sino en haberse levantado, haber denunciado, haber exigido responsabilidades y haber convertido su experiencia en una lucha colectiva contra la violencia de género. Ella no es heroína por haber sido víctima, sino por rebelarse contra esa condición.

Cuando la víctima se convierte en pretexto

Villano en historia de héroes y víctimas
  • El estatus de víctima, cuando se instrumentaliza, puede transformarse en poder político.
  • Algunos gobiernos han utilizado el sufrimiento histórico de sus pueblos para justificar acciones violentas en el presente.
  • El ejemplo más citado es el uso que ciertos gobiernos israelíes han hecho del Holocausto para legitimar políticas contra el pueblo palestino.
  • En estos casos, las víctimas del pasado se convierten en justificación para crear nuevas víctimas en el presente.

Por eso, aunque es un deber moral apoyar a quienes han sufrido injusticias —ya sea por violencia sexual, represión política, crímenes de guerra o cualquier otra causa—, también es necesario ejercer una mirada crítica. No todas las personas que se presentan como víctimas lo son realmente. Muchas, como Pelicot, están demasiado ocupadas en reconstruir sus vidas como para reclamar simpatía. En cambio, quienes se exhiben constantemente como víctimas, quienes politizan su dolor sin cesar, a menudo buscan algo más que justicia: buscan poder. Y ese poder, en demasiadas ocasiones, puede llevar a convertirse en verdugo.

Respaldar a las víctimas no significa idealizarlas ni convertirlas en iconos. Significa escucharlas, creerlas cuando lo necesitan, acompañarlas en su proceso de sanación y respetar su derecho a definirse a sí mismas. Gisèle Pelicot no quiere ser una víctima. Y tal vez, al negar esa etiqueta, esté mostrando una forma de heroísmo mucho más profunda que cualquier gesta glorificada: la de recuperar la propia identidad tras la aniquilación.

C
Carlos Méndez Álvarez Periodista

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Buenos Aires. Con 12 años de experiencia, ha trabajado en prensa escrita y digital cubriendo política y derechos humanos. Especialista en investigación periodística y narrativas multimedia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subir