La vida puede ser dulce… o esto que nadie espera
Cocinaba una de las miles de millones de recetas que atesoro en mi móvil cuando, de pronto, una frase en la radio me detuvo: “Como una muñeca rusa uno lleva dentro todas las edades”. La voz era inconfundible: Manuel Vicent, conversando con Juan José Millás sobre cómo envejecer con soltura. Dejé el cuchillo a un lado y me quedé escuchando. “Tú tienes al niño dentro, al joven, al que triunfó, al que no triunfó. Cada edad tiene sus placeres”, decía. En ese momento, algo encajó. No solo sobre la vida, sino también sobre cómo entendemos el paso del tiempo, incluso a través del olfato.

El perfume como mapa emocional
Este año, según los informes de tendencias en perfumería, es el de los gourmands ultras: fragancias dulces, golosas, que evocan postres, caramelo, vainilla o almendras tostadas. Durante años, estas esencias se han asociado con la juventud, con los primeros perfumes, con esa inocencia olfativa que parece decir: “esto huele bien, así que me gusta”. Son aromas reconfortantes, casi infantiles, como entrar en una pastelería de los años 80. Pero ahora, la industria perfumera está redefiniéndolos. Surge una nueva subcategoría: los gourmands que envejecen. Se les añade profundidad, con notas de nuez, pistacho, especias o matices lácteos más densos. Algunos los llaman “gourmands inteligentes”, como si los aromas simples fueran, por definición, ingenuos. Y eso, francamente, no está bien.
¿Por qué damos por sentado que una persona de 50 años no puede oler a caramelo? ¿Por qué dividimos las edades en compartimentos olfativos? La industria nos ha vendido una narrativa rígida: joven = dulce, adulto = amaderado, maduro = sofisticado. Pero la vida no es tan lineal. Las emociones tampoco. Y el perfume, en el fondo, es emoción líquida.
Fin de la fidelidad única
Otra tendencia, que celebro desde hace años, es el fin del perfume único. Desde que tengo edad para votar, he sostenido que no tiene sentido oler igual a los 22 que a los 42, o en una cita romántica que en una reunión de trabajo. ¿Cómo puede una sola fragancia contener todas las versiones de una persona? Las emociones cambian. Los días cambian. Y si alguien decide aferrarse a una sola esencia, quizás sea por serenidad… o quizás por miedo. El mundo está inestable, y mantener un aroma constante puede ser una forma de anclarse: la americana de siempre, las botas desgastadas, el perfume de toda la vida. Es comprensible. Es legítimo. Pero también limitante.
El duelo olfativo es real. Cerrar un frasco por última vez porque la fórmula ha desaparecido, porque ya no se fabrica, deja una huella. Y mientras, las nuevas generaciones han adoptado con naturalidad la infidelidad olfativa: cambian de perfume como de camisa, según el estado de ánimo, la estación, la compañía. ¿Por qué en la llamada “edad madura” cuesta tanto soltar ese ancla?
El armario olfativo: una colección de yoes
- Tener un armario olfativo ya no es un lujo, es una forma de vivir la identidad en movimiento.
- No se trata de acumular fragancias caras, sino de tener varias que representen momentos, estados, recuerdos.
- Uno puede ser Denenes, un clásico español con diseño de André Ricard, presente ahora en una exposición del Madrid Design Festival hasta el 5 de mayo.
- Hay uno nuclear, al que siempre se vuelve. En mi caso, Chanel Nº5.
- Y alrededor, satélites: Pêche Mirage, Musc Ravageur, Lavande Poivre Noir, Floris 89, Shalimar, Bibliothèque.
En ellos están mi yo con gafas de pasta, la universitaria ambiciosa, la viajera despistada, la mujer que cada día se rebela un poco más. Mis amigos y yo hemos empezado a intercambiar perfumes una vez al mes. No solo para probar algo nuevo, sino para prestarle a otro un pedazo de nuestra historia. Porque al final, oler es recordar. Y recordar, también, es vivir en capas, como una muñeca rusa.

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