Descubre cómo los niños están convirtiéndose en mini empresarios

El ensayo monumental “El hambre”, de Martín Caparrós, se estrenó en 2015 y, con sus más de 700 páginas, aborda la crisis alimentaria que afecta a más de 800 millones de personas, según la ONU. En la primera parte, el autor relata una entrevista en Níger: a Aisha, una mujer de treinta años, le pregunta qué desearía de un genio que pudiera cumplir cualquier deseo. Ella responde que quiere una vaca que produzca mucha leche; al ser presionada, añade que dos vacas le permitirían comer y vender buñuelos. La escena ilustra, de forma directa, cómo la pobreza estrecha el campo de las expectativas y de la imaginación.
Desde entonces, la reflexión de Caparrós sobre la relación entre pobreza y capacidad de soñar ha adquirido nuevos matices. Las redes sociales, en particular Instagram y TikTok, se han convertido en ventanas globales que, al mismo tiempo que amplían horizontes, homogeneizan los deseos. Según la filósofa Margot Rot, estas plataformas moldean no solo lo que la gente espera, sino también los deseos más íntimos, creando una cultura donde la aspiración a un “Lambo” o a cuerpos esculpidos se vuelve casi universal, incluso entre los niños que crecen con un smartphone en mano.
Redes sociales, emprendimiento juvenil y la polémica del mérito
Recientemente, un video viral difundido por el humorista Marc Biarnés mostró a dos hermanos de 13 y 14 años que, tras dedicar largas horas a videojuegos, lograron lanzar su propia marca de ropa. Los jóvenes, sin referentes familiares en el mundo empresarial, aprovecharon viajes familiares a EE UU para importar una bebida energética inexistente en España, vendiéndola entre amigos para financiar su proyecto. El relato provocó un intenso debate en los comentarios: algunos defendían la iniciativa como ejemplo de esfuerzo y mérito, mientras otros cuestionaban la naturalidad de esa “retórica del sacrificio” en niños cuya prioridad social debería ser la educación y el juego.
El fenómeno no se limita a la moda. La popularidad de rutinas de skincare entre niñas de 12 años y la proliferación de marcas de cremas antiedad para menores demuestran cómo el mercado se adapta a los deseos moldeados por la exposición constante a contenidos aspiracionales. Estas tendencias revelan una presión creciente sobre los menores para que consuman y, en algunos casos, se conviertan en emprendedores antes de alcanzar la adolescencia.
En medio de este panorama, la cuenta de Instagram Toniki (@sintechohumor) critica la visión simplista que culpa a la pobreza de la falta de “mentalidad”. El creador sostiene que la escasez de recursos – como herencias, viviendas y empleos dignos – es la verdadera barrera, y que atribuir la pobreza a la falta de voluntad perpetúa estereotipos y excluye a quienes subsisten con salarios que apenas cubren alquileres y gastos básicos.
El discurso de Caparrós sobre la imposibilidad de imaginar alternativas sigue vigente, pero se ve atravesado por la doble cara de las redes: facilitan la exposición a modelos de vida que inspiran, pero también imponen estándares que pueden resultar inalcanzables para quienes viven en la precariedad. La pregunta que queda abierta es cómo equilibrar la promoción de la iniciativa individual con la necesidad de políticas públicas que garanticen condiciones mínimas de vida, evitando que la aspiración se convierta en una carga adicional para los más vulnerables.

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