Tras un mes de guerra con Israel, Hezbolá sale reforzado entre el dolor de los libaneses

Hasta hace un mes, la organización libanesa Hezbolá se hallaba en una situación extremadamente precaria. La guerra anterior contra Israel, cuya tregua se quebró en 2024, dejó a su ala armada reducida a la décima parte de su capacidad y con la mayor parte de sus líderes ejecutados. A la par, el ejército israelí mantuvo una presión constante con ataques casi diarios contra combatientes y familiares de la milicia, mientras el Gobierno de Líbano impulsaba un proyecto de desarme que se presentaba como un punto de inflexión histórico y como una posible señal del declive de la organización.

El 2 de marzo, Hezbolá puso fin a una tregua unilateral de 15 meses. La decisión se enmarcó como respuesta al asesinato, por parte de Estados Unidos e Israel, de Ali Jamenei, el líder supremo de Irán, aunque la organización lo presentó oficialmente como una reacción a las “infracciones israelíes del cese”. En el territorio libanés la medida generó una fuerte polémica: los allegados a Hezbolá reprocharon que la acción no llegara antes para “defender a las 397 personas que Israel mató durante la tregua”, mientras que gran parte de la población vio con impotencia el inicio de la segunda guerra con Israel en tres años.
Desde entonces, la milicia ha demostrado que Israel no ha recuperado la capacidad que pretendía tener en 2024. El analista israelí Amos Harel, en un artículo de Haaretz, señaló que “las promesas de una victoria decisiva sobre Hezbolá no se corresponden con la realidad sobre el terreno”. Según datos de la propia organización, en los últimos días ha lanzado alrededor de 100 cohetes y drones diarios contra territorio israelí y ha causado la muerte de diez soldados israelíes que operaban en el sur de Líbano.
Impacto humanitario y desplazamientos
El conflicto ha cobrado un alto precio en la población civil. El 9 de octubre de 2023, un día después de que Hezbolá abriera un “frente de solidaridad” con Gaza, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, anunció que Israel “cambiaría el rostro de Oriente Próximo” mediante el desmantelamiento del llamado “Eje de la Resistencia”, una red de actores hostiles a Israel que Irán impulsa en la región y de la que Hezbolá forma parte. Desde entonces, Israel ha intensificado su campaña militar en el sur del Líbano.
Un bombardeo masivo en los suburbios de Beirut, que según el ejército israelí eliminó al miliciano Yousef Ismail Hashem, considerado comandante del frente sur de Hezbolá, fue anunciado como “un gran golpe” contra la organización. La muerte de Hashem se presentó como un triunfo comparable a los logros proclamados en conflictos anteriores, incluido el de 2024.
El gobierno libanés, que en 2025 había convertido el desarme de Hezbolá en una demanda interna antes que externa, ilegalizó su brazo armado pocas horas después de que la guerra se reanudara. En una sociedad donde la mayoría rechaza el reconocimiento de Israel, Beirut buscó negociar con el Estado judío alternativas que evitasen la repetición del conflicto.
El ejecutivo israelí, sin embargo, mantiene una postura intransigente. El ministro de Defensa, Israel Katz, declaró que Hezbolá “pagará un precio alto” por intensificar los disparos durante la Pascua judía y anunció la ocupación indefinida del 10 % del territorio libanés, con la intención de desplazar a Hezbolá hacia el norte para proteger la frontera israelí. Katz también anticipó la “destrucción completa de las aldeas fronterizas, siguiendo el modelo de Gaza”, con el fin de eliminar supuestos focos militares de la milicia.
Los ataques israelíes han provocado la destrucción de decenas de municipios del sur de Líbano y han generado una ola de desplazamientos forzosos. Según cifras oficiales, más de un millón de personas, equivalentes al 20 % de la población libanesa, han sido desplazadas en un país que cuenta con cinco millones de habitantes. La ministra de Asuntos Sociales, Haneen Sayed, advirtió a Reuters que el gobierno se prepara para una prolongada crisis humanitaria. La comunidad internacional, por su parte, ha reducido su ayuda: mientras en 2024 la ONU canalizó 606 millones de euros al Líbano, este año la cifra ha descendido a 26 millones.
En los albergues y refugios improvisados, la falta de servicios básicos como agua potable, saneamiento y productos higiénicos ha desencadenado una crisis de salud pública. Abeer Shaheen, psicóloga de Médicos Sin Fronteras que asiste a desplazados en Sidón, describió el clima de estrés, ansiedad y miedo que atraviesa la población: “Cuando hay cinco o seis familias en una misma habitación surgen malentendidos y disputas; muchos llegan a considerar el suicidio antes que seguir viviendo en esas condiciones”.
El impacto psicológico se agrava por la pérdida de hogares. Un matrimonio de Kfar Kila, municipio limítrofe a la frontera, relató que su vivienda fue demolida en 2024, provocando depresión y una drástica pérdida de peso en uno de los cónyuges, quien había invertido años en la construcción de ampliaciones para sus hijos. La misma familia perdió también una segunda vivienda en Qantara, situada en la tercera línea de defensa.
En medio de la escalada, una tercera generación de comandantes de Hezbolá sigue combatiendo en la zona, enfrentándose a los descendientes de los israelíes que ocuparon esas aldeas a finales del siglo XX. La dinámica de violencia parece haber entrado en un ciclo que podría prolongarse durante años, mientras la comunidad internacional y los actores regionales buscan alternativas para evitar una mayor catástrofe humanitaria.

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