Felices, modernos, airados y destruidos

En la década de 1970 el metro de Nueva York estaba cubierto de grafitis que se alzaban como gritos contra el consumo, el poder y el orden establecido. Andy Warhol, que había comentado que “en América los millonarios compran esencialmente las mismas cosas que los pobres… todas las Coca‑Colas son la misma y todas son buenas”, observaba con ironía cómo la cultura de masas se infiltraba en los rincones más cotidianos.
Uno de los autores más notorios de esos letreros anticonsumo era un personaje anónimo que se hacía llamar SAMO, acrónimo de same old shit (“la misma mierda de siempre”). Sus garabatos surgían en los vagones del metro, convirtiendo cada viaje en una exposición de arte urbano que, de no haber sido borrada por la autoridad municipal, alcanzaría precios astronómicos en las casas de subastas.
El ascenso de Jean‑Michel Basquiat
Ese mismo entorno fue el escenario donde surgió Jean‑Michel Basquiat. En 1975, el joven pintaba camisetas en la calle del Greenwich Village y vendía sus obras a los turistas; Warhol, al pasar por allí, le compró una por diez dólares y entabló una conversación que marcó su futuro. Aquel día, Basquiat aún vivía en una casa abandonada, pero su talento llamó la atención del galerista suizo Bruno Bischofberger, quien lo descubrió y lo sacó de la calle.
En octubre de 1982, Basquiat, ya instalado en un lujoso loft de Christie Street, se reunió con Warhol y Bischofberger en un restaurante vegetariano del Soho. A partir de ese momento, el pintor pasó a formar parte de la famosa “Factory”, el estudio de Warhol donde se valoraban la innovación, el descaro y la rapidez. Sin embargo, la exigencia de Warhol de “vivir a toda prisa” y su estilo de vida frenético también dejaron su impronta en los jóvenes artistas.
Warhol falleció el 22 de febrero de 1987 a causa de una sobredosis de un sedante administrado por error en el hospital donde había sido ingresado por una arritmia. Pocos meses después, el 12 de agosto de 1988, Basquiat murió a los 27 años en su apartamento de la calle Great Jones por una sobredosis de heroína. Sus obras continúan alcanzando cifras récord; en la última subasta se pagaron más de 50 millones de dólares por una de sus piezas.
Warhol también mantuvo una relación ambivalente con el escritor Truman Capote. Tras ver la portada de su primera novela, Other Voices, Other Rooms, Warhol quedó fascinado y comenzó a acosarlo, llevándolo a aparecer en la revista Interview. Con el paso del tiempo, Capote se transformó en una figura más sombría, reflejada en el retrato que Warhol realizó en 1979, donde ya se percibían los efectos del alcohol y las drogas. La amistad se tornó tensa, y la figura de Capote pasó de “ángel” a “bulldog” según las propias palabras del artista.
En 1983, la visita de Warhol a España marcó un punto de inflexión en la cultura joven del país. En enero, el artista inauguró la exposición retrospectiva “Pistolas, cuchillos y cruces” en la galería de Fernando Vijande. El evento, que coincidió con la explosiva “Movida madrileña”, introdujo en el ambiente español la estética de la autodestrucción y la frívola que caracterizaba al círculo de la Factory, convirtiéndose en una referencia para la generación que buscaba romper con los convencionalismos.

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