¿Cuidar de nuestros padres es una obligación moral más allá del afecto?

El teléfono suena. Es el hospital. No hay tiempo para repasar la vida; la vejez irrumpe sin preguntar cómo fueron los vínculos y la biografía deja de ser recuerdo para convertirse en responsabilidad.
El dilema del cuidado filial
En sociedades cada vez más envejecidas, donde la atención a las personas mayores sigue recayendo mayormente en la familia, esta escena se repite. Sin embargo, no todas las historias familiares están marcadas por la cercanía. Cuando los padres envejecen aparece una incómoda pregunta: ¿cuidamos porque queremos o porque debemos?
La cuestión trasciende lo sentimental y entra en el terreno moral. El cuidado filial no puede resolverse solo en términos de lo que sentimos, sino también de lo que creemos que nos debemos unos a otros. Esa exigencia persiste aun cuando el afecto ya no sea el mismo; no se sustenta únicamente en el amor, pero tampoco puede reducirse a una deuda automática. Se apoya en normas sociales, en la vulnerabilidad que reaparece y en una historia compartida que, aunque difícil, no desaparece del todo.
El amor como criterio moral
La antropóloga y educadora social Noemí Villaverde, autora de Una antropóloga en la luna (Anaya, 2017), explica que la expectativa de cuidar a los mayores está vinculada al papel central que el amor ocupa en nuestras sociedades. «Hemos colocado el amor en el centro», afirma, convirtiéndolo en el prisma desde el que ordenamos nuestras relaciones. De ahí surge la idea de que el mejor cuidado es el que se hace «con amor» y de que quien ama no puede exigir nada a cambio, porque el amor verdadero no se calcula y exige entregarse sin esperar retorno.
Villaverde matiza que esas premisas no son indiscutibles. Podemos cuidar por amor, pero también “por justicia, por libertad, por compromiso o por solidaridad”. Cuando el amor no incluye una negociación entre iguales, puede derivar en dependencia o en relaciones de poder. El problema surge cuando el cuidado se identifica exclusivamente con el afecto; cualquier distancia o ambivalencia se interpreta entonces como una falta moral.
La fragilidad de la autonomía
Desde la tradición kantiana, el deber moral no depende del afecto: la obligación nace del reconocimiento del otro como un fin en sí mismo. Así, cuidar no sería una cuestión de amor o gratitud, sino de respeto a la dignidad humana. La pregunta pasa de “¿queremos hacerlo?” a “¿podemos apartarnos de esa exigencia?”.
Esta visión universal del deber ha sido cuestionada por quienes recuerdan que la autonomía no es absoluta. La ética del cuidado, propuesta por la filósofa política estadounidense Joan Tronto, sostiene que cuidar no es un gesto privado, sino una práctica que hace viable el “mundo común”, un conjunto de actividades destinadas a mantener y reparar el entorno que posibilita la vida. La filósofa Eva Feder Kittay, experta en dependencia y justicia, recuerda que la vulnerabilidad no es una excepción sino una condición recurrente; la autonomía es frágil y depende de redes de apoyo.
Así, el cuidado de los mayores no se explica solo por el afecto ni por un deber abstracto, sino que se sitúa en una realidad más básica: todos atravesamos momentos de dependencia. La cuestión ya no es únicamente lo que sentimos, sino cómo respondemos cuando la vulnerabilidad reaparece.
Responsabilidad familiar y feminización del cuidado
Verónica Montes de Oca Zavala, coordinadora del Seminario Universitario Interdisciplinario sobre Envejecimiento y Vejez de la UNAM, señala que en contextos latinoamericanos el deber filial mantiene una fuerza significativa, “especialmente hacia las madres”. El envejecimiento y el cuidado están atravesados por una doble feminización: viven más mujeres y, con frecuencia, son las hijas quienes asumen su atención.
La norma de reciprocidad (“devolver lo recibido”) se interioriza como un mandato moral, aunque pueda sentirse como una carga que genera tensiones cuando la responsabilidad no se distribuye equitativamente. Montes de Oca advierte que lo que se percibe como obligación moral individual también es el resultado de una organización social que privatiza el cuidado y delega en la familia lo que debería ser una cuestión colectiva.
Una mirada relacional a la responsabilidad
Laura Quintana, profesora titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes (Colombia) y autora de Política de los cuerpos (Herder, 2020), propone desplazar la discusión del deber abstracto hacia una concepción relacional de la responsabilidad. Señala que todas las relaciones sociales están atravesadas por afectos y que «los afectos son huellas que las experiencias van grabando en los cuerpos». Incluso los vínculos difíciles están marcados por historias compartidas y condiciones sociales que moldean esas experiencias.
Desde esta perspectiva, la responsabilidad no puede pensarse como una decisión aislada; “nunca somos sujetos individuales aislados”, afirma Quintana, sino personas insertas en tramas de vínculos que nos afectan y a los que también influimos. La autonomía, según ella, no desaparece, pero es relacional y se despliega en interacción con quienes dependemos para existir y sostenernos.
Esta visión genera una tensión entre responsabilidad y deseo. El deseo de tomar distancia o protegerse de vínculos dolorosos puede chocar con la expectativa de cuidado, sobre todo cuando se trata de padres que han sido ausentes o han ejercido violencia. En esos casos, “las personas que han recibido maltrato o violencia en la vida también tienen derecho a justificar su no cuidado; será ahí donde el Estado deba intervenir”, añade Montes de Oca.
Propuestas para un cuidado público y solidario

- Desarrollo efectivo de la Ley de Dependencia, garantizando recursos y supervisión adecuados.
- Acceso a apoyos profesionales (asistentes domiciliarios, terapeutas, trabajadoras sociales) a precios asequibles.
- Implementación de medidas que permitan compatibilizar el cuidado con la vida laboral, como permisos retributivos y horarios flexibles.
- Fortalecimiento de redes comunitarias y centros de día que ofrezcan espacios de encuentro y apoyo mutuo.
En conclusión, el debate sobre el cuidado de las personas mayores no se agota en la experiencia individual ni en la historia afectiva. Cuando el afecto no basta, la pregunta no desaparece, sino que se traslada a la esfera de la responsabilidad colectiva y de las políticas públicas que deben respaldar a quienes cuidan.

Deja una respuesta