Colonialismo aujourdhui

Charles de Freycinet (1828‑1923), quien ocupó la presidencia del Consejo de Ministros de Francia en cuatro ocasiones y desempeñó simultáneamente los cargos de ministro de Asuntos Exteriores y de Guerra, también fue autor prolífico. En su obra «La questión d’Égypte» (1905) describía sin tapujos la codicia británica por Egipto, basada en la ambición de conectar El Cairo con el Cabo a través del ferrocarril, y señalaba que, pese a sus limitaciones en la región, Rusia no dejaba de observar el Nilo. Freycinet concluía que Francia, con su influencia secular en el Levante y su extenso dominio colonial, también se presentaba como una potencia interesada en el futuro del país.
El legado colonial en el siglo XXI
Lejos de quedar relegado a los libros de historia, el colonialismo sigue manifestándose en conflictos, ocupaciones y reclamaciones territoriales que, a menudo, se disfrazan de legítimas defensas de la soberanía nacional. Este fenómeno no es exclusivo de épocas pasadas; se trata de una realidad recurrente que persiste en América Latina y en otras regiones del mundo.
En el contexto latinoamericano, la denuncia de prácticas coloniales y neocoloniales ha cobrado un carácter de valentía y resistencia. Un ejemplo temprano es el del periodista estadounidense John Kenneth Turner, quien en 1909 publicó México Bárbaro, una recopilación de reportajes que exponían los abusos contra los indígenas yaquis trasladados a Yucatán durante el gobierno de Porfirio Díaz.
En Argentina, la Conquista del Desierto (1878‑1885), liderada por el general y presidente Julio Argentino Roca, culminó en la ocupación de la Patagonia y gran parte de la región pampeana. Las operaciones militares provocaron la muerte de miles de indígenas, un proceso que hoy es calificado por muchos historiadores como genocidio o, al menos, etnocidio. Desde la década de 1980, organizaciones mapuches y tehuelches han exigido el reconocimiento de la naturaleza exterminadora de esas campañas.
Las disputas territoriales continúan alimentando narrativas coloniales. En agosto pasado, el presidente colombiano Gustavo Petro reclamó al gobierno peruano, encabezado por Dina Boluarte, la soberanía de la isla amazónica de Santa Rosa, que también limita con Brasil. La polémica generó una oleada de críticas en los medios peruanos, que tacharon a Petro de “colonialista”.
Otro caso emblemático es la disputa entre Ecuador y Perú, que se resolvió en 1998 con la firma del Acta de Brasília. Este acuerdo puso fin a más de un siglo de enfrentamientos por territorios situados entre la cuenca amazónica y los Andes, incluidos Tumbes, Jaén y Maynas, y fue suscripto por los presidentes Alberto Fujimori y Jaime Machu.
La guerra de las Malvinas (1982) sigue siendo una herida abierta entre el Reino Unido y Argentina. Recientemente, el diputado argentino Javier Milei presentó ante la Asamblea General de la ONU la reclamación de soberanía sobre las islas, una iniciativa que fue leída en presencia del expresidente estadounidense Donald Trump. El propio Trump había expresado, sin reservas, intereses coloniales sobre territorios como Groenlandia y el Golfo de México, al que renombró como “Gulf of America”. El nombre llegó a figurar temporalmente en Google Maps, generando controversia sobre la influencia de decisiones políticas en la cartografía.
El debate sobre el legado colonial también se extiende al ámbito intelectual. En el prólogo de Retrato del colonizador (1957), Albert Memmi, escritor franco‑tunecino, citó a Jean‑Paul Sartre al afirmar que “la opresión nace del odio del opresor contra el oprimido”, resaltando la necesidad de reconocer y superar la lógica del colonialismo.
Izaskun Álvarez Cuartero, profesora de Historia de América en la Universidad de Salamanca, ha señalado que la persistencia del colonialismo se refleja no solo en la ocupación de tierras, sino también en la reproducción de formas de conocimiento y pensamiento que legitiman el dominio sobre los pueblos y sus recursos.

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