Las nanas que esconden secretos de guerra

Mujeres escondiendo secretos de guerra

Entre la urgencia de actuar y la parálisis que paraliza, existe un umbral casi imperceptible. En medio de un torbellino informativo constante, es fácil caer en una especie de aturdimiento colectivo, donde el flujo acelerado de conflictos, desastres y discursos de odio impide reaccionar con claridad. Cada nueva crisis parece alimentar la siguiente, y el mundo se presenta como un espectáculo grotesco de ruinas, bombardeos y dolor sin reparación. Avanzamos con lentitud, como si estuviéramos bajo luces estroboscópicas, incapaces de asimilar a tiempo la magnitud de lo que ocurre.

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La mirada infantil como herramienta ética

Ante este abrumador panorama, la imaginación humana busca resquicios para resistir. Una de esas vías es la mirada infantil, no como escapismo, sino como un recurso ético y narrativo para enfrentar traumas que, de otro modo, serían inabarcables. En películas como *El espíritu de la colmena* (Víctor Erice, 1973), la niña Ana observa una malla llena de abejas, hipnotizada por el movimiento confuso del enjambre. Esa imagen, contemplada con ojos de niña, no solo evoca el caos del entorno, sino también la posibilidad de detenerse, de mirar con atención lo que otros pasan por alto. Lo que antes podía interpretarse como una historia sencilla sobre la infancia y los miedos, revela con el tiempo una profunda metáfora sobre el trauma y la posguerra.

De forma similar, en *La casa de los conejos* (Valeria Selinger, 2020), la niña Laura vive en un mundo aparentemente tranquilo, dedicada a cuidar conejos y jugar a escondite. Solo al final se descubre que su hogar es en realidad una imprenta clandestina descubierta por los militares. La película construye dos realidades paralelas: la de los adultos, rápida, tensa y literalmente violenta, y la de Laura, lenta, onírica, cargada de simbolismos. Es precisamente en esa distancia, en esa lentitud, donde reside una ética posible: la de mirar sin prisa, de observar los detalles que el horror directo anula.

Puntos Clave
  • La mirada infantil como herramienta ética para enfrentar traumas inabarcables
  • El uso del simbolismo y la lentitud en la narrativa para revelar realidades ocultas
  • La dualidad entre la percepción inocente de la infancia y la violencia del mundo adulto
  • Las películas como metáforas del trauma y la posguerra a través de historias aparentemente simples

Por qué recurrimos a lo infantil

  • Porque los niños no nombran directamente el horror, sino que lo filtran a través del juego, la fantasía, la metáfora.
  • Porque su mirada no juzga, sino que pregunta, duda, imagina.
  • Porque nos permiten hablar de lo indecible sin caer en la literalidad que muchas veces paraliza.

No se trata de convertir a los niños en símbolos políticos ni de instrumentalizar su figura con frases como “¿y los niños?”, usadas a menudo para justificar posturas reaccionarias. Tampoco se trata de idealizar su inocencia. Lo relevante no es el niño como ser concreto, sino lo infantil como posibilidad: una manera de ver el mundo que no ha renunciado aún a la imaginación, al asombro, a la pregunta constante sobre lo que podría ser.

Imaginar la reparación

Reparar el daño causado por la violencia, el despojo o la guerra no es una tarea inmediata. Es un horizonte lejano, muchas veces inalcanzable, que solo puede vislumbrarse a través de la ficción. Imaginar ese futuro requiere, en primer lugar, imaginar escenarios donde el encuentro, el perdón y la memoria sean posibles. En segundo lugar, implica reconocer las heridas: las visibles, las invisibles, las transmitidas de generación en generación. Y finalmente, construir una ética capaz de nombrar el dolor sin repetirlo.

Quizá, en esa tarea, los niños que inventamos para contar nuestras historias —los que narrarán los bombardeos en escuelas de Irán, los días en centros de detención de inmigrantes, la destrucción de Gaza— nos ayuden a dar el primer paso. Sus cuentos, sus silencios, sus miradas fijas en un panal de abejas, pueden ser las primeras pistas de un camino hacia un futuro que aún no existe, pero que debemos imaginar para comenzar a construirlo.

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Carlos Méndez Álvarez Periodista

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Buenos Aires. Con 12 años de experiencia, ha trabajado en prensa escrita y digital cubriendo política y derechos humanos. Especialista en investigación periodística y narrativas multimedia.

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