Lo que todos dicen pero nadie se atreve a admitir

La imagen de un niño caminando junto a un misil iraní clavado en el suelo de Qamishli, en el este de Siria, es un retrato brutal de la evolución del conflicto humano. Lo que en su origen fue una violencia primitiva, simbolizada en la leyenda de Caín y Abel, ha mutado en un aparato de destrucción industrial, frío y desproporcionado. El contraste entre la fragilidad del cuerpo del niño —piel, huesos en formación, vida en desarrollo— y la masa metálica, dura e inerte del misil, resulta casi obsceno. Representa una asimetría no solo física, sino moral: entre quien produce la guerra y quien la sufre; entre quien toma las decisiones y quien no tiene voz.

La tecnología al servicio de la destrucción
Para llegar a este punto, la humanidad ha tenido que inventar no solo el acero o la pólvora, sino también estructuras complejas como la producción en serie, el cálculo diferencial, y hasta burocracias enteras: ministerios de Defensa, gabinetes de prensa, direcciones generales que operan con eficiencia militar, muchas veces superior a la de instituciones dedicadas a la vivienda, la salud o la educación. Estos engranajes del poder permiten que un artefacto diseñado para matar pueda ser fabricado, transportado y clavado en un territorio ajeno como un clavo en la tierra. Y allí permanece, inerte pero amenazante, mientras un niño camina a su lado como si fuera parte del paisaje.
La pregunta que nunca envejece

El relato bíblico resuena con fuerza: “¿Dónde está Abel, tu hermano?”. Y la respuesta de Caín —“¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”— sigue siendo la excusa recurrente de quienes desatan conflictos desde la distancia. Pero la maldición que sigue a ese gesto de indiferencia parece cumplirse: la tierra, empapada en sangre, se vuelve estéril. Quien siembra destrucción no cosecha fruto alguno, solo desconfianza, exilio, ruina. Hoy, en medio de los ataques cruzados entre Irán y potencias como Estados Unidos e Israel, con al menos seis muertos tras una nueva noche de bombardeos, esa maldición parece repetirse en ciclos interminables.
El niño de la foto no pregunta nada. Solo camina. Pero su presencia interpela. No necesita decir “¿dónde está mi hermano?” porque su cuerpo, vulnerable y pequeño junto al misil, ya lo grita. En ese silencio está la condena más contundente a un mundo que ha perfeccionado la técnica del exterminio mientras sigue sin responder a la pregunta más elemental: ¿quién cuida de nosotros?

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