Descubre el secreto de la elasticidad que está revolucionando todo

El relativismo, concepto que apareció por primera vez en la mente de muchos estudiantes a través de la voz de un sacerdote que lo describía como una “plaga” de la humanidad, ha vuelto a ocupar un lugar central en los debates culturales y religiosos contemporáneos. Mientras algunos sectores lo denuncian como una enfermedad moral que amenaza la claridad de la verdad única, otros lo defienden como una tabla de salvación que permite mirar los hechos desde múltiples perspectivas.
En los últimos años, la palabra “relativismo” se ha escuchado con frecuencia en reuniones de jóvenes, en eventos culturales y en encuentros religiosos que buscan reestablecer una visión única y absoluta de la realidad. En ese discurso, la ambigüedad se equipara a la debilidad y la complejidad a una trampa que confunde al individuo. La tentación de abrazar una única “verdad compacta” se vuelve comprensible en una época marcada por la incertidumbre y la promesa incumplida de que “si persigues tus sueños, los alcanzarás”.
La elasticidad como respuesta al relativismo
La resistencia a la rigidez ideológica se refleja en ejemplos culturales recientes. La película “Flubber” (1997), aunque catalogada como una comedia infantil, ha sido reinterpretada como una parábola que destaca la fuerza de la flexibilidad: el personaje no triunfa por imponerse, sino por adaptarse y transformar el impacto que recibe. Esa misma idea de elasticidad se vivió en el Benidorm Fest, donde la presentación de los artistas argentinos Miranda! bajo una lluvia de LEDs mostró que la alta cultura y la cultura popular pueden coexistir sin jerarquías invisibles que separen lo “elevado” de lo “masivo”.
Cuando Ale y Juliana, miembros de Miranda!, fueron interrogados sobre su participación en el concurso, respondieron con una sinceridad despojada de artificios que desarmó al público: estaban allí para honrar a la artista que los había llevado al éxito. Su respuesta, basada en la “elasticidad” de sus motivaciones, ejemplifica cómo la coherencia profunda no radica en la repetición rígida, sino en la capacidad de reconocerse a sí mismo a través del cambio.
Este principio también se refleja en la neurociencia, que habla de la plasticidad cerebral: el cerebro se remodela al aprender, al exponerse a lo distinto y al tolerar la contradicción. Cambiar de opinión, lejos de ser una traición, es una señal de vida que permite que los principios respiren y evolucionen.
Las experiencias personales del autor ilustran esa multiplicidad de identidades: lector de Pizarnik mientras ve “Ivonne Reyes”, estudiante de selectividad viendo “Crónicas Marcianas”, víctima de bullying que al mismo tiempo divertía a otro grupo de amigos en Irlanda, o alguien que, al descubrir su orientación sexual, convivía con la presión de aparentar normalidad. Esta convivencia de “varias versiones” evita la contaminación entre territorios culturales y promueve una conversación constante entre la cultura popular y la exigencia académica.
En una sociedad que parece anhelar certezas inmutables, la elasticidad se convierte en una ética que no busca diluirse, sino expandirse. No se trata de negar la verdad, sino de reconocer que ninguna verdad humana puede ser total ni definitiva.

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