Moisès Villèlia revela el secreto de sus manos perfectas

Moisès Villèlia (1928–1994), nacido en Vallcarca, un barrio al norte de Gràcia en Barcelona, fue una figura singular en el panorama del arte español del siglo XX. Creció en un entorno de transición entre lo residencial y lo olvidado, entre pendientes pronunciadas y el paso que salvaba el torrente, un paisaje que más tarde resonaría en su obra con una sensibilidad casi mística hacia la materia y la naturaleza. Su trayectoria artística, profundamente intuitiva, se entrelazó con poetas y creadores del movimiento Dau al Set, como Antoni Tàpies y Joan Brossa, quienes veían en él a un anacoreta moderno, un artista en comunión directa con los elementos.
Un escultor en diálogo con la naturaleza
Villèlia comenzó su formación trabajando con un ebanista, experiencia que le otorgó un conocimiento íntimo de la materia, de sus resistencias y secretos. Aunque realizó piezas de cierta envergadura para edificios religiosos en los años cincuenta, pronto decidió consagrarse a la escultura. A partir de entonces, su obra se definió por una escucha atenta de la naturaleza: recogía palos, piedras moldeadas por el agua y el viento, raíces retorcidas, y los transformaba en estructuras que parecían haber brotado espontáneamente del entorno. Inspirado también por figuras como André Breton o Manuel Ángeles Ortiz, Villèlia no buscaba dominar la materia, sino revelar en ella una presencia oculta, casi espiritual.
Su poética de las formas encontró eco en figuras como Giacometti, Alberto Sánchez o Naum Gabo, con quienes compartía un lenguaje de verticalidad, tensión y transparencia. De hecho, nombró a su hijo Nahum en homenaje al artista ruso. La exposición actual en el Museo Patio Herreriano en Valladolid abre con una pequeña pieza dedicada al gimnasta Joaquín Blume, una obra tallada y pulida con tal delicadeza que evidencia el respeto del artista por la vida latente en cada trozo de madera.
Un legado de sensibilidad y continuidad

- Villèlia es considerado uno de los artistas españoles que más delicadamente ha sabido hacer “cantar” a la materia natural.
- Su trabajo se inscribe en una tradición escultórica que incluye a Ángel Ferrant, Leandre Cristòfol, y los llamados “vallecanos”, cuya herencia se prolonga hasta hoy.
- Artistas como Calder, Miró o Paul Klee influyeron en su uso de líneas ligeras y formas que parecen flotar en el aire.
- En los años ochenta, figuras como Alberto Schlosser y Mitsuo Miura continuaron explorando ese universo de ramificaciones y concavidades que Villèlia supo anticipar.
- Actualmente, artistas como Laura Lío, Alexandra Kuhn, Esther Gatón y Núria Fuster dialogan, cada una a su manera, con esa sensibilidad hacia lo orgánico y lo efímero.
Junto a su esposa, Magda Bolumar —una figura que merece mayor reconocimiento—, Villèlia experimentó con cortezas, pieles de hortalizas, bulbos, fibras y materiales frágiles, privilegiando lo humilde y lo efímero. Entre sus obras más emblemáticas están los ensamblajes de bambú, convertidos en móviles o estructuras livianas que ocupan un lugar central en la exposición del Patio Herreriano, como testamento de su condición de poeta del aire, la tierra y las manos.
En los años sesenta, tras instalarse en París, trabajó con composiciones de papel de fuerte carga escultórica, poco conocidas hasta ahora. Más tarde, en Quito, el contacto con las culturas precolombinas nutrió su obra con nuevos símbolos: cañas compartimentadas, hilos que tensan láminas, equilibrios misteriosos que evocan instrumentos musicales, armas o rituales de culturas imaginarias. Como escribió Ferrant: “Todo se parece a algo”.
Más allá de las etiquetas
Aunque algunos lo han asociado al arte povera, Villèlia se resiste a cualquier reducción conceptual. Su obra no busca ilustrar discursos ecológicos ni proclamas verbales. Habla directamente desde la emoción de las formas, desde el equilibrio, la ligereza, la tensión callada entre los elementos. Decir que “reflexiona sobre el medio ambiente” sería malinterpretarlo. Fue un artista que hizo maravillas con lo mínimo, con lo que otros desechan, con lo que la naturaleza abandona.
La primera gran exposición dedicada a su obra tuvo lugar en el IVAM en 1999, póstumamente. Desde entonces, galeristas como Michel Soskine en Madrid y Marc Domènech en Barcelona han mantenido viva su memoria. Hoy, el Patio Herreriano reúne una muestra significativa de su legado: una invitación a redescubrir a un creador cuya obra sigue resonando con una pureza que el tiempo no ha desgastado.
La promesa de Villèlia. Museo Patio Herreriano. Valladolid. Hasta el 7 de junio.

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