Lo que realmente protege las costas árabes del Golfo te sorprenderá

El inicio del conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán desató una oleada de caos en los aeropuertos del Golfo Pérsico, dejando a miles de pasajeros en tierra. Mientras algunos viajeros, especialmente influyentes y ciudadanos occidentales, expresaban su desesperación en redes sociales como si se tratara de una catástrofe global, la realidad de la mayoría de los extranjeros en la región distaba mucho de esas reacciones sensacionalistas. Detrás del cierre temporal de rutas aéreas y la tensión geopolítica, millones de trabajadores extranjeros siguieron cumpliendo sus labores en silencio, sosteniendo la vida cotidiana en las monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

El peso invisible de los trabajadores migrantes
Cerca de la mitad de los 65 millones de habitantes del CCG son extranjeros, una cifra que alcanza hasta el 90% en países como Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Qatar. Estos trabajadores provienen principalmente de Asia del Sur —India, Pakistán, Bangladesh y Nepal— y desempeñan funciones esenciales en sectores como la construcción, limpieza, servicios domésticos, salud, educación y finanzas. A diferencia de los expatriados occidentales, que suelen residir en enclaves de alto nivel con contratos lucrativos y condiciones privilegiadas, la mayoría de estos migrantes viven en condiciones precarias, con salarios bajos y escasas garantías legales.
Las cifras lo confirman: en EAU, los ciudadanos indios representan alrededor del 25% de la población, superando incluso a los nacionales emiratíes. En Arabia Saudí y Omán, la proporción de extranjeros ronda el 40%, mientras que en Kuwait y Qatar supera el 80%. Pese a su importancia estructural, estos trabajadores rara vez son visibles en la narrativa internacional sobre la región, que tiende a centrarse en los lujos de Dubái o en las decisiones de las élites.
Condiciones laborales precarias y restricciones legales

- Sistema de contratación basado en el *kafala*, que vincula al trabajador a su empleador y limita su movilidad.
- Prohibición de formar sindicatos o ejercer el derecho a huelga en la mayoría de los países del CCG.
- Dificultad para obtener permiso de salida, incluso al finalizar sus contratos, lo que los deja varados en momentos de crisis.
- Dependencia total del empleador para el regreso a su país de origen, lo que genera una relación de poder asimétrica.
En Kuwait, por ejemplo, docenas de profesores árabes quedaron atrapados tras la suspensión de clases y la negativa de sus empleadores a autorizar su salida, pese a que el trámite es supuestamente sencillo. Mientras tanto, muchos obreros de la construcción o empleados de mantenimiento no pueden siquiera considerar abandonar el país: sus ingresos, ya de por sí escasos, están destinados en gran parte al envío de remesas a sus familias.
El otro rostro de la guerra: víctimas silenciosas
Tras los ataques con drones y misiles iraníes en marzo, que dejaron al menos una docena de muertos y cerca de 200 heridos en el CCG, la identidad de las víctimas reveló una desigualdad latente. Aunque no siempre se divulga la nacionalidad de los fallecidos, fuentes oficiales y medios locales han identificado a la mayoría como trabajadores asiáticos, principalmente de la India, Pakistán y Nepal. Estos son los mismos hombres y mujeres que mantienen activas las desalinizadoras, las centrales eléctricas, los hospitales y los servicios domésticos, incluso bajo amenaza de ataques.
Mientras las calles de ciudades como Dubái, Abu Dabi o Doha aparecían vacías en las imágenes televisivas, recordando los días más álgidos de la pandemia, la continuidad de la vida en la región se debió en gran medida a este ejército silencioso de trabajadores. Detrás de los sofisticados sistemas antimisiles comprados a Estados Unidos, es su labor diaria la que permite que las ciudades no colapsen.
La brecha entre los “expatriados” y los “inmigrantes” no es solo económica o social, sino también lingüística y simbólica. Un término implica privilegio, movilidad y elección; el otro, precariedad, subordinación y necesidad. Esta distinción, profundamente arraigada en las estructuras del Golfo, sigue marcando quién es visible en tiempos de crisis y quién permanece en la sombra, haciendo posible que todo funcione.

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