Francesc Serés suelta la frase que todo padre teme escuchar

El escritor Francesc Serés (Zaidín, Huesca, 53 años) acaba de presentar en España su más reciente libro, *El primer año*, publicado por Destino y ambientado en 2026. Tras años viviendo en Graz, Austria, Serés regresó brevemente a España para compartir este texto íntimo y reflexivo, que combina elementos de diario personal con una mirada profunda sobre la paternidad, la condición humana y el paso del tiempo. Aunque el libro recorre los 13 meses que van desde el final del embarazo de su pareja hasta el primer año de vida de su hijo Juli —hoy un niño de 20 meses—, no se trata de una crónica convencional de paternidad.

Un hijo como catalizador de encuentros
Según explica Serés en una entrevista por videoconferencia, Juli no es exactamente el protagonista del libro, sino más bien un "agente provocador", una presencia que atrae hacia sí a personas de todo tipo, muchas de ellas desconocidas, cuyos encuentros con el bebé desencadenan reflexiones profundas. Cada mes del libro está marcado por una anécdota específica, un cruce fortuito que revela algo esencial sobre la vida, la pérdida o la conexión humana. Una de esas historias, especialmente conmovedora, involucra a una mujer mayor que, al ver a Juli, recuerda a su hijo, fallecido recientemente en un accidente en la montaña. Ese momento, dice Serés, fue el verdadero catalizador del libro: “Fue la primera vez que, sin decírmelo directamente, alguien me hizo tomar conciencia de que mi hijo también podía morir. Después de una conversación así ya no puedes decir que no sabes que eso puede pasar”.
La distancia respetuosa de la cultura austriaca

Una de las particularidades que destaca Serés es la actitud de la gente en Austria frente a los niños. En contraste con la espontaneidad habitual en España, donde es común que desconocidos den consejos o interactúen físicamente con los bebés, en Graz prevalece un respeto casi formal. “En Austria nadie te toca el niño. A veces se acercan con las manos en la espalda, hablan, le sonríen, pero no se atreven a intervenir. La filosofía es: mejor tres palabras de menos que una palabra de más”, comenta. Esta discreción, que podría parecer fría, es valorada por el autor como una forma de respeto profundo hacia la intimidad familiar.
Consejos no pedidos y el valor del tiempo
En su libro, Serés es claro: “Lo peor que puedes hacer es dar consejos sobre los hijos de los demás”. Aunque reconoce haber recibido algunos, afirma que no han sido muchos, en parte porque él mismo los corta rápidamente. Sin embargo, hay un consejo que ha escuchado repetidamente de amigos cercanos y que sí valora profundamente: “Aprovecha el tiempo, porque pasa volando”. Para Serés, esta frase no es un tópico, sino una verdad incontestable. “Básicamente somos tiempo —dice—. Tiempo con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros amigos, con nuestras parejas. Y ese tiempo, que muchas veces no valoramos, se lo entrega nuestra sociedad a la economía, a la productividad, a beneficios ajenos. Saber a qué le dedicas tu tiempo y tu esfuerzo es fundamental”.
Paternidad tardía y elecciones de vida
Otro eje central del libro es la paternidad tardía. Serés tuvo a Juli a los 51 años, y en el texto también aparece la historia de otra persona que fue padre pasados los 60. “Hoy cuesta mucho encontrar padres y madres de veinte o veintipocos años”, reflexiona. Para él, esta tendencia es una consecuencia directa de las prioridades que la sociedad actual impone: estudios, carrera, estabilidad económica. “Cuando llegas a la paternidad con esta edad, no puedes decir que no hayas sido avisado. A los 22 puedes alegar desconocimiento. A los 51, no tienes excusas”, afirma con ironía. Aunque algunos podrían verlo como una pérdida de tiempo, él no siente arrepentimiento: “Los ‘¿y si…?’ son peligrosos. Si empiezas a compararte con versiones hipotéticas de ti mismo, no terminas nunca. Al contrario, al ser padre ahora, he ganado libertad. Hoy puedo decir que no voy a un sitio porque mi hijo no está bien… y nadie me cuestiona”.
Un acto de esperanza
En un mundo marcado por crisis, conflictos y narrativas distópicas, tener un hijo puede parecer un acto de fe. “Yo creo que sí, que es un símbolo de esperanza”, reconoce Serés. Admite que hablar de esperanza suena casi cliché, sobre todo en contextos religiosos o de autoayuda, pero insiste: “No hay otro camino. El otro ya está tomado. Solo hay que ver cuántas novelas y películas sobre distopías consumimos. Elegir traer un hijo al mundo es, en cierto modo, resistir”.
Respecto a la pregunta que se repite a lo largo del libro —“¿Por qué tenemos hijos?”—, Serés confiesa que no tiene una respuesta definitiva. Sin embargo, guarda una que le impactó especialmente, dicha por una matrona durante el parto: “Tenemos hijos para expandir y hacer crecer el amor”. Una frase sencilla, dice, pero profundamente hermosa. Y tal vez, suficiente.

Deja una respuesta