Los archivos secretos de Damasco: miles de fotografías revelan la maquinaria de muerte del régimen de Bachar el Asad en Siria

Un conjunto de fotografías obtenidas de forma clandestina muestra la cruenta realidad de los campos de detención sirios durante la guerra civil. En ellas aparecen cuerpos sin vida, algunos en posición supina sobre superficies metálicas, con la piel descolorida, la ropa rasgada y, en muchos casos, cubiertos de sangre y moscas. Cada imagen lleva un número de identificación: el hombre marcado como 3.659 aparece con los dientes amarillentos y los ojos nublados; el número 4.038 muestra a un detenido tumbado en la parte trasera de una furgoneta, desnudo y cubierto de heridas. El activista opositor Mazen al‑Hama, registrado como 1.174, yace sobre mármol con su uniforme de prisión y marcas de ataduras en las muñecas. Un bebé recién nacido figura con el número 2.389. En total, al menos 10 212 personas distintas aparecen retratadas.
Las imágenes forman parte del llamado “Damascus Dossier”, una base de datos que incluye más de 64 000 documentos internos del gobierno sirio y sus servicios de inteligencia, así como más de 33 000 fotografías de detenidos. El material fue extraído en diciembre del año pasado por el coronel Mohammed, un alto oficial de la Policía Militar que, al huir de Damasco, sacó de una caja fuerte un disco duro con decenas de miles de archivos. Tras pasar el contenido a varios contactos, las fotos llegaron a la cadena pública alemana NDR, que las compartió con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y con veinticinco medios de prensa en veinte países, entre ellos EL PAÍS.
El “Damascus Dossier” y su alcance
El consorcio de periodistas ha publicado una muestra de catorce fotografías para ilustrar la magnitud del horror documentado. Según el propio equipo de investigación, que ha analizado 540 imágenes con al menos 565 cuerpos, el 75 % de las víctimas presenta signos evidentes de inanición y el 65 % muestra lesiones físicas graves, principalmente en cabeza, rostro y cuello. A pesar de la gravedad de los hallazgos, los certificados de defunción emitidos por el Hospital Militar de Harasta indican como causa oficial “paro cardiorrespiratorio”, una denominación que, según el fiscal general alemán Jens Rommel, sirve para ocultar la verdadera naturaleza de las muertes.
El proceso de registro era meticuloso. Cada cuerpo era trasladado en furgoneta, descargado en áreas refrigeradas o directamente en el suelo de los hospitales militares de Harasta y, en menor medida, en el de Tishreen, ambos en Damasco. Un fotógrafo militar, a menudo con botas de goma o cubiertas quirúrgicas, capturaba imágenes del cadáver desde varios ángulos en cuestión de segundos, como lo demuestran los metadatos de los archivos. Sobre el cuerpo se colocaba una tarjeta blanca con el número de identificación escrito con rotulador, y a veces la información aparecía superpuesta en la propia foto.
Las fotografías se almacenaban en carpetas digitales ordenadas por número de preso, nombre del fotógrafo, fecha, sector del ejército responsable y, en la mayoría de los casos, el certificado de defunción. Una copia impresa se adjuntaba al expediente del detenido, ostensiblemente para “dar legitimidad” a la muerte ante la justicia militar.
El consorcio ha logrado identificar al menos 1 200 nombres y apellidos a partir de los archivos filtrados, información que ha sido compartida con la Red Siria de Derechos Humanos, la iniciativa Ta’afi y el Centro Sirio de Investigación y Estudios Legales. Estos datos han permitido a familias como la de Thaer al‑Najjar, residente en Damasco, confirmar la muerte de su hermano Im, desaparecido en 2011 y cuyo certificado de defunción solo se conoció gracias al dossier.
Organizaciones internacionales han denunciado la participación de médicos sirios en la falsificación de causas de muerte. Un informe de la ONU de junio del año pasado señaló que la “colaboración de numerosos profesionales de la salud” facilitó la ocultación de crímenes de tortura y asesinato cometidos por el régimen de Bashar al‑Ásad.
El análisis del material también revela la logística de la eliminación de los cuerpos. Según fuentes militares, tras la fotografía los cadáveres se colocaban en bolsas negras y se cargaban en camiones frigoríficos que, de noche, se dirigían a la autopista M5. Allí, los restos eran depositados en fosas comunes en la zona de Qutayfah y, en algunos casos, tras ser exhumados, reubicados en fosas más grandes en el desierto.
Expertos comparan este sistema de documentación con los procedimientos de regímenes totalitarios del pasado. El escritor e investigador Elia Ayoub afirma que la burocracia sirve para “despersonalizar” la violencia, permitiendo que funcionarios y ejecutores actúen como simples engranajes sin cuestionar la moralidad de sus actos. Esta lógica, según Hannah Arendt, es esencial para la existencia de regímenes totalitarios.
El impacto emocional en las familias sirias es devastador. Tras la caída del régimen hace un año, miles de personas se dirigieron a las prisiones recién abiertas, como Saidnaya, en busca de sus seres queridos, pero la mayoría volvió con las manos vacías. La falta de información y la imposibilidad de recuperar los restos humanos continúan generando un “terremoto psicológico y emocional”, según Habib Nassar, alto funcionario de la Institución Independiente de las Naciones Unidas sobre Personas Desaparecidas en Siria. Las familias siguen esperando respuestas que podrían tardar décadas en llegar.

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