Lo que nadie te dice después del 20-N ¡Entérate ahora

El 20 de noviembre volvió a abrirse el debate sobre la conmemoración del fin de la dictadura franquista. Entre la avalancha de artículos y manifestaciones, surge la pregunta de si realmente hay algo que celebrar, o si el recuerdo se está instrumentalizando para fines políticos.

En una edición anterior del mismo periódico, Aroa Moreno publicó “Tres silencios”, un ensayo que identifica tres vacíos que explican por qué, cincuenta años después, siguen existiendo dudas y controversias. El primer silencio es familiar y social, heredado de la represión y el miedo que impidieron que las víctimas y sus familias hablaran abiertamente. El segundo silencio proviene de la educación: la dictadura se convirtió en una elipsis dentro de las aulas, ausente del currículo y de la memoria escolar. El tercero, político, solo comenzó a remediarse con las primeras exhumaciones y con las leyes de memoria histórica de 2007 y 2022, impulsadas por las asociaciones memorialistas.

Los tres silencios que persisten

Desentrañar las causas y consecuencias de estos silencios es una tarea compleja pero imprescindible. Universidades, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil llevan años trabajando en esa investigación, pero el desafío sigue siendo cómo transformar ese conocimiento en acción.

Las encuestas actuales revelan que una parte importante de la población, especialmente los jóvenes, muestra simpatía hacia la dictadura franquista. Ante este panorama, la respuesta no es simple, pero resulta evidente que la intervención debe actuar en varios niveles:

  • Ámbito familiar y social: fomentar el diálogo sobre la memoria democrática en los hogares, en las reuniones familiares y en los espacios cotidianos.
  • Ámbito educativo: ir más allá de lo que establece la LOMLOE y la Ley de Memoria Democrática, creando proyectos escolares que utilicen el pasado reciente para desarrollar pensamiento crítico, imaginación política y debates sobre derechos y libertades.
  • Ámbito político: impulsar políticas públicas que den a conocer las atrocidades franquistas sin caer en triunfalismos, y que, al mismo tiempo, sirvan de referencia para evaluar los avances de los últimos cincuenta años.

Como ciudadanos, debemos llevar la conversación sobre la memoria democrática y la propia democracia a las calles, al trabajo, a las redes sociales y a la mesa de la cena. Como académicos, es necesario buscar alianzas que permitan traducir nuestras investigaciones a lenguajes accesibles, como el arte, la cultura o los formatos de YouTube y TikTok. Como docentes, la colaboración entre colegas debe superar los contenidos obligatorios, generando iniciativas que fomenten el pensamiento crítico y la participación política.

Las instituciones, por su parte, deben continuar desarrollando políticas de memoria que no sólo denuncien los crímenes franquistas, sino que también sirvan de herramienta para comprender y contextualizar los logros democráticos alcanzados desde la Transición. Estas políticas deben evitar el triunfalismo y, en cambio, ofrecer una reflexión equilibrada sobre lo que aún queda por conseguir.

El auge de la extrema derecha y de los regímenes iliberales a nivel mundial muestra que la democracia requiere una defensa constante. Las movilizaciones ciudadanas durante la Transición demuestran que, cuando el compromiso con la libertad y la democracia se extiende socialmente, los avances son imparable.

Es preciso recordar que la democracia española no surgió gracias a la valentía de unos pocos hombres el 23 de febrero de 1981, sino al consenso de todas las fuerzas políticas que respaldaron la pancarta “Por la libertad, la democracia y la Constitución” cuatro días después, y al masivo protagonismo de cientos de miles de personas que ocuparon las calles en contra del intento de golpe del 27 de febrero.

Asimismo, resulta urgente eliminar las herencias estructurales del franquismo que persisten en la administración pública desde la Transición, pues constituyen un déficit democrático en el marco constitucional.

El artículo 27.2 de la Constitución establece como objetivo esencial la educación en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales. Sin embargo, la desafección política de los jóvenes, terreno fértil para el autoritarismo, no se explica únicamente por la manipulación de información. También proviene de la desigualdad, la corrupción, la injusticia, la cultura del “zasca” y la falta de políticas públicas efectivas que atiendan sus necesidades: becas, oportunidades laborales, acceso a la vivienda y salarios dignos.

Difundir la verdad del 20‑N en plataformas como TikTok es útil, pero sin ofrecer una visión de futuro resulta insuficiente para transformar el presente.

Carmina Gustrán Loscos, comisionada de la iniciativa “España en Libertad. 50 años”, resume la lección aprendida: la promoción de los valores democráticos solo avanza cuando se trabaja de forma conjunta. Queda mucho por hacer, pero si logramos que la conversación sobre democracia y derechos se mantenga viva, entre amigos en un parque o en conversaciones cotidianas, habremos cumplido con éxito nuestra misión.

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