Cómo la ultraderecha está reescribiendo la historia en España EE UU y Argentina

En el corazón de Roma, la calle Rasella conserva aún las cicatrices del pasado. Las paredes de un edificio, marcadas por centenares de impactos de bala, son testigos silenciosos del atentado partisano del 23 de marzo de 1944, cuando miembros del grupo Gap hicieron estallar dos bombas contra el batallón Bozen, unidad de policía adscrita a las SS que transitaba por allí. Murieron 33 soldados alemanes. La represalia nazi no se hizo esperar: al día siguiente, 335 personas fueron ejecutadas en las Fosas Ardeatinas, siguiendo la lógica de diez muertos por cada soldado alemán. Desde entonces, ambos episodios han ocupado un lugar central en la memoria colectiva italiana y en los manuales de historia. Pero en los últimos años, esa memoria ha sido objeto de disputa política y revisionismo histórico.

La historia como campo de batalla
En 2023, el presidente del Senado italiano, Ignazio La Russa, generó polémica al afirmar que en el atentado de via Rasella “mataron a una banda musical de semijubilados”, minimizando así la identidad militar de las víctimas. Poco después, la presidenta del Gobierno, Giorgia Meloni, al homenajear a las víctimas de las Fosas Ardeatinas, se refirió a ellos como “335 inocentes masacrados solo por ser italianos”. Estas declaraciones movilizaron a la Asociación Nacional de Partisanos y a varios historiadores, quienes recordaron que entre los ejecutados había principalmente miembros de la Resistencia, opositores políticos y personas judías.
La Russa terminó disculpándose por no haber mencionado que se trataba de soldados nazis, pero el debate no cesó. Su negativa previa a retirar un busto de Mussolini de su residencia —un regalo de su padre— y la reticencia de Meloni a definirse como “antifascista” alimentaron las sospechas sobre un intento de blanquear el pasado fascista. Este fenómeno no es exclusivo de Italia. En Argentina, Estados Unidos, España y Alemania, fuerzas de extrema derecha han impulsado revisiones que cuestionan relatos consolidados sobre dictaduras, colonización, esclavitud o el Holocausto.
En Alemania, por ejemplo, Alternativa para Alemania (AfD), ahora segundo grupo parlamentario, promueve una visión que relativiza el nazismo. Alexander Gauland calificó al régimen nazi como “una caca de pájaro en mil años de historia gloriosa”, mientras que Alice Weidel, copresidenta del partido, ha llegado a afirmar que Hitler era “comunista”. En España, autores como Pío Moa han publicado decenas de libros que niegan la magnitud de la represión franquista, mientras que líderes de Vox, como Santiago Abascal, denuncian lo que consideran un relato histórico sesgado por la izquierda.
El papel de los historiadores frente al negacionismo

- Los especialistas advierten que el revisionismo instrumental no es historia, sino propaganda.
- Umberto Gentiloni Silveri, autor de una historia contemporánea de Italia, insiste en que la historia debe basarse en documentos y verificación rigurosa, no en selección sesgada de hechos.
- Encarnación Lemus López, Premio Nacional de Historia en España, alerta del vacío que dejan los académicos en el debate público, vacío que es ocupado por comunicadores con agendas tendenciosas.
- Historiadores como Paul Preston, Julián Casanova y Jorge Marco han denunciado que libros que niegan la represión franquista ignoran investigaciones serias sobre miles de ejecuciones y desapariciones.
En respuesta a esta ofensiva, académicos han salido de las aulas. Casanova ha adaptado su obra sobre la Guerra Civil al formato de cómic para llegar a más lectores. Otros, como los autores del libro *Vox frente a la historia*, han dedicado esfuerzos a desmontar mitos con rigor científico. “Lo que hace el historiador es revisar continuamente su trabajo. Ellos son propagandistas”, señaló Preston en 2024.
Manipulación histórica y crisis del presente
En Estados Unidos, Donald Trump ha impulsado una reescritura de la historia nacional. Ha retirado nombres de defensores de los derechos civiles de monumentos, eliminado referencias incómodas en parques nacionales y ordenado una “limpieza” de la “ideología divisiva” en los museos del Smithsonian. En enero, su administración retiró paneles sobre los esclavos de George Washington en la Casa del Presidente de Filadelfia, pero un fallo judicial obligó a su restitución el 19 de febrero. Trump también instaló una estatua de Cristóbal Colón en la Casa Blanca, como parte de su campaña por una narrativa nacional que glorifica la colonización y niega sus crímenes.
En Argentina, el presidente Javier Milei y su vicepresidenta, Victoria Villarruel, han promovido la idea de una “guerra sucia” entre dos bandos, negando así el carácter de crímenes de lesa humanidad de la dictadura (1976-1983). Villarruel, hija y nieta de militares, ha visitado a condenados como Jorge Videla y cuestiona la cifra de 30.000 desaparecidos. En 2023, el gobierno utilizó la grafía de *Nunca Más* —símbolo de la lucha contra la dictadura— para lanzar carteles con el lema “Kirchnerismo Nunca Más”, generando una ola de críticas.
Los expertos coinciden en que este auge del revisionismo no surge en el vacío. “Está ligado a una traición del presente”, afirma Lemus López. Jóvenes que crecieron con la promesa de una vida mejor se enfrentan a precariedad y desigualdad, y algunos proyectan esa frustración en una idealización del pasado. La idea de que “todo tiempo pasado fue mejor” gana terreno, especialmente entre sectores que no vivieron aquellas épocas.
“En los años sesenta hubo crecimiento económico en España, sí, pero partiendo de un retraso enorme y un PIB muy bajo. No fue un milagro del franquismo, sino el resultado de políticas desarrollistas y la entrada en contacto con Europa”, matiza Lemus López. Gentiloni, por su parte, subraya que el antifascismo en la Constitución italiana no fue un mero rechazo al pasado, sino un proyecto inclusivo para construir una democracia común.
Según un barómetro del CIS de octubre de 2023, más del 21% de los españoles considera que los años del franquismo fueron “buenos” o “muy buenos”. Entre los hombres de 18 a 26 años, un 26% dijo preferir el autoritarismo “en algunas circunstancias”. Estos datos, para los historiadores, no son solo alarmantes, sino una llamada de atención: la historia sigue siendo un campo de batalla, y su defensa requiere presencia, rigor y compromiso con la verdad.

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