Así construían los albañiles de la antigua Roma

Una casa en la antigua ciudad romana de Pompeya, que estaba siendo reformada cuando el Vesubio eruptó en el año 79 d.C., ha ofrecido una visión inédita del proceso constructivo de la Roma imperial. El hallazgo, publicado en la revista Nature Communications, muestra con gran detalle los materiales y las técnicas que utilizaban los albañiles romanos, incluido el famoso hormigón romano (opus caementicium), considerado por muchos como uno de los pilares de la expansión del imperio.

La vivienda, situada en la ínsula X del IX regio, estaba en plena remodelación cuando la erupción sepultó la ciudad bajo una capa de lava, cenizas y piroclastos. La obra se enmarca en un contexto de intensa actividad constructiva: en el 62 d.C., quince años antes, un fuerte terremoto había causado importantes daños en Pompeya, lo que provocó numerosas reparaciones y reformas en la urbe.
Lo que se encontró en la obra
Los arqueólogos desenterraron una auténtica “caja de herramientas” de la construcción romana, con:
- Plomadas, cinceles y pesas de medida.
- Tejas y ladrillos apilados cuidadosamente, muchos de segunda mano.
- Ánforas rellenas de cal, usadas como los modernos sacos de cemento.
- Montones de puzolanas provenientes de erupciones anteriores, algunas ya mezcladas con cal viva.
Al combinar la cal viva (óxido de calcio) con agua y puzolanas, los constructores obtenían una mezcla que, al calentarla, se transformaba en un hormón duro y resistente, el opus caementicium. Este material, según el profesor de ingeniería civil y ambiental del MIT, Mir Masic, “ha demostrado una durabilidad mecánica que supera con creces a la de la mayoría de los hormigones modernos, manteniéndose estructuralmente robusto durante casi dos milenios”.
Masic también señaló que el hormigón romano poseía propiedades autocurativas: “Una vez seca la mampostería, la reacción química continúa sellando microgrietas y poros, lo que explica su extraordinaria resistencia al paso del tiempo”.
El análisis químico y cristalográfico de las ánforas reveló que contenían cal hidratada (hidróxido de calcio), mientras que el hormigón del muro en reparación utilizaba cal viva. En la planta superior se halló una mezcla de cal viva y puzolanas, lo que indica que los constructores empleaban ambas fases de la cal según la función estructural o de acabado que requerían.
“La cal viva fue esencial para el hormigón estructural, ya que su mezcla en caliente produce los clastos de cal característicos y contribuye a la durabilidad a largo plazo y a la autocuración del material”, explicó Masic. La cal viva, al ser caldeada, podía alcanzar temperaturas de 200 °C o más, mientras que la cal apagada se utilizaba principalmente en morteros y revoques, donde la trabajabilidad y el acabado liso eran prioritarios.
Este descubrimiento resuelve un largo debate sobre la interpretación de los textos de Vitrubio, quien en su tratado *De architectura* (c. 23 a.C.) describía el uso de “cal extincta” (cal apagada) en la elaboración del hormigón. Según Masic, “Vitrubio no estaba equivocado; describió una receta normativa y una teoría de buenas prácticas. Sin embargo, la práctica real en Pompeya era más diversa y a veces se apartaba de esas recomendaciones”. La diferencia de casi un siglo entre la obra de Vitrubio y los albañiles pompeyanos sugiere que la tecnología constructiva evolucionó significativamente en ese intervalo.
El catedrático de Ingeniería de la Construcción Víctor Yepes Piqueras, de la Universitat Politècnica de València, coincidió en que la variedad de materiales y métodos observada en Pompeya muestra la coexistencia de alternativas al canon clásico. “Las propiedades autocurativas del hormigón romano son notables, pero no deben sobrevalorarse como una solución inmediata de reparación activa; son el resultado de procesos geoquímicos lentos y condicionados por ciclos ambientales”, puntualizó.
Ambos expertos coinciden en que el estudio abre nuevas posibilidades para la restauración de obras romanas: comprender cómo los constructores combinaban cal viva y cal apagada permite replicar de manera más fiel las técnicas originales y asegurar la longevidad de los monumentos restaurados.

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