Un optimismo cultural que lo cambia todo

Al despertar en la penumbra de la mañana, el resplandor del móvil ilumina el rostro. Sin esperarlo, aparece un video: un burro corre a gran velocidad hacia la cámara, mientras los subtítulos anuncian un “emocionante momento en el que un burro se reencuentra con su dueño”. La escena, ingenua y conmovedora, despierta una pregunta inesperada: ¿en qué punto de la historia humana empezamos a iniciar el día con imágenes ajenas a nuestra existencia, seleccionadas por algoritmos invisibles? El animal se acerca tanto a la lente que parece a punto de rozar la nariz del espectador, como si irrumpiera en el espacio íntimo del dormitorio. ¿Es esto lo que queda del amanecer? ¿Un ritual digital alimentado por la ternura de un asno en movimiento?

La civilización frente al callejón sin salida
Este instante trivial se convierte en símbolo de una deriva más profunda. A medida que el mundo parece descomponerse bajo el peso de la ignorancia, la grosería y el triunfo del pensamiento simplificado, cobra sentido una queja recurrente: “¡Pero qué mal anda el mundo!”. Frase manida, sí, pero que adquiere resonancia cuando se recuerda que ya en el siglo XIX, tras el esplendor de la Ilustración, muchos intelectuales empezaron a temer que la civilización occidental hubiera entrado en un bucle de estupidez progresiva. Flaubert, con lucidez desgarradora, pronosticó que el futuro sería “tremendamente imbécil y muy aburrido”, habitado por una sociedad en la que el “hombre de negocios” reemplazaría al pensador.
Un siglo después, en tiempos de silencio político y represión cultural, las aulas en ciertas latitudes eran dominadas por maestros hostiles al conocimiento, que convertían el estudio en una amenaza. El odio no se dirigía ya a las clases sociales, sino al “primero de la clase”, al que sobresalía. Hoy, los herederos de aquella actitud inculta parecen estar al mando de un orden social donde lo intelectual se ve como innecesario, lo literario como superfluo, y la reflexión como un lujo anacrónico.
La resistencia de la escritura y la dignidad interior

Pese a todo, hay un ámbito que parece resistir: la escritura literaria. No por su popularidad, sino por su condición esencial. Como señala la escritora albanesa Lea Ypi en su último libro *Indignidad* (Anagrama, 2026), la dignidad es algo que nadie puede arrebatarnos, una posesión interior que persiste incluso en los tiempos más oscuros. Ypi, que vive conectada a un “modo optimismo cultural”, propone en París una reivindicación urgente: reconectar con las luchas de la Ilustración, con aquella fe en la razón, la libertad y el pensamiento crítico.
En un contexto marcado por tensiones entre opresión y libertad, esta propuesta no suena ingenua, sino profundamente subversiva. ¿Acaso defender la razón, en tiempos de posverdad y banalidad digital, no es uno de los actos más revolucionarios que quedan? Reconectar con las luces de la Ilustración no es un retorno al pasado, sino un acto de resistencia frente a una modernidad que, en muchos aspectos, parece haber perdido el rumbo.
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- En Darfur, la violencia sexual se extiende en medio del conflicto armado, con testimonios escalofriantes de abusos sistemáticos.
- En el sur del Líbano, cuatro soldados israelíes han muerto en combate, en el marco de las tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán.
- Pemex informa que 12 embarcaciones trabajan en la zona del Árbol Grande para contener un derrame de hidrocarburos.

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