México contamina 9000 albercas olímpicas de agua al año con hidrocarburos
Entre el año 2000 y 2023, el volumen de agua contaminada generada por la extracción petrolera en México se duplicó, al pasar de 12 a 23 millones de metros cúbicos anuales. Esta cifra equivale a más de 9.000 piscinas olímpicas por año, llenas de un líquido altamente tóxico compuesto por hidrocarburos, salmuera y metales pesados. La mayor parte de este desecho —el 77% en el último año registrado— es inyectado directamente en el subsuelo a través de lo que se conoce como “pozos letrina”, una práctica con graves implicaciones ambientales. La Agencia de Seguridad, Energía y Medio Ambiente (ASEA) se encuentra actualmente en proceso de elaborar una nueva norma para regular este tipo de residuos, cuyo manejo ha sido históricamente opaco y poco fiscalizado.
El auge de los pozos letrina y sus riesgos ambientales
Según el informe *Pozos Letrina: Residuos petroleros inyectados en las profundidades*, elaborado por la organización civil CartoCrítica, un pozo letrina es un pozo de inyección profunda utilizado para deshacerse de desechos tóxicos generados durante la extracción de petróleo y gas. “Cuando los yacimientos están maduros, tienen cada vez menos recursos, y por presión interna se libera mayor cantidad de agua junto con los hidrocarburos. Esto hace que, a medida que los campos envejecen, aumente proporcionalmente el volumen de aguas residuales”, explica Carla Flores Lot, coautora del estudio.
Los datos analizados provienen de los reportes de sostenibilidad que Petróleos Mexicanos (Pemex) ha publicado durante los últimos 26 años. En 2000, el volumen de agua congénita —líquido naturalmente presente en las formaciones geológicas— y agua producida sumaba 11,9 millones de metros cúbicos. Aunque en 2010 el volumen se mantuvo estable, a partir de entonces comenzó una escalada que llevó a 23 millones de metros cúbicos en 2023, con un pico de 30 millones registrado en 2020. Este aumento ocurre en paralelo con el declive de la producción petrolera nacional, que bajó de 3 millones de barriles diarios en 2000 a 2 millones en 2023, lo que evidencia que los campos explotados se encuentran mayoritariamente en fase de madurez o agotamiento.
Composición y destino del agua contaminada
- El agua residual incluye agua congénita, agua producida y agua de retorno, esta última utilizada en técnicas como el fracturamiento hidráulico.
- Contiene hidrocarburos, salmuera, metales pesados y otros compuestos tóxicos.
- El 77% se inyecta en pozos letrina; el resto se descarga en cuerpos de agua tras supuesto tratamiento.
- Las filtraciones de estos residuos representan un riesgo para acuíferos, suelos y ecosistemas circundantes.
Uno de los mayores obstáculos para evaluar el impacto real de esta práctica ha sido la opacidad institucional. Por razones de seguridad nacional y secreto comercial, las autoridades no divulgan información clave como la ubicación exacta de los pozos, ni la composición química de los fluidos inyectados, lo que limita cualquier análisis independiente o monitoreo efectivo.
La norma que viene: avances y vacíos
Ante este escenario, la ASEA trabaja en una nueva norma técnica denominada *Manejo de agua producida y/o fluido de retorno asociado a la exploración y extracción de hidrocarburos*, que reemplazaría a la actual, vigente desde 2003. El nuevo marco normativo incluye por primera vez disposiciones específicas sobre el fracturamiento hidráulico, técnica que el Gobierno mexicano parece dispuesto a retomar para revitalizar las reservas de gas del país, tras años de restricciones durante la administración de Andrés Manuel López Obrador.
Si bien la propuesta representa un avance respecto a la normatividad anterior, desde CartoCrítica señalan que aún presenta serias deficiencias. Entre ellas destacan:
- Vacíos regulatorios en la gestión de residuos.
- Asimetrías en los estándares de protección entre diferentes ecosistemas receptores.
- Demasiada dependencia de permisos administrativos sin parámetros técnicos vinculantes.
- Falta de criterios mínimos en evaluación de riesgos, límites de descarga y análisis de integridad de las formaciones geológicas receptoras.
La posible reactivación del fracking, que requiere grandes volúmenes de agua mezclada con químicos, podría agravar aún más la generación de aguas residuales. Sin una regulación rigurosa, transparente y técnicamente sólida, el aumento de estos desechos profundiza un problema ambiental ya crítico, con consecuencias potencialmente irreversibles para el agua, el suelo y las comunidades cercanas a las zonas petroleras.

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