Aina Tarabini, socióloga: El abandono escolar es solo la parte visible de desigualdades mucho más profundas

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En 2025, casi uno de cada ocho jóvenes españoles abandona el sistema educativo antes de completar los estudios postobligatorios, lo que equivale a una tasa de abandono del 12,8 %. Esta cifra representa una caída notable respecto a los datos de hace quince años, cuando superaba el 30 %, y a los del 2015, que rondaban el 20 %. Aunque el abandono ha alcanzado su nivel más bajo en la serie histórica, el problema persiste y mantiene a España entre los países de la Unión Europea con las tasas más altas, lejos del objetivo comunitario de situarse por debajo del 9 % para 2030.

Entrevista a Aina Tarabini, socióloga de la educación y profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona

Pregunta: España ha reducido de forma notable el abandono escolar en los últimos años, pero sigue entre los países con peores cifras de la UE. ¿Cómo interpreta esa aparente contradicción?

Respuesta: La mejora es real y merece reconocimiento; pasar de casi un 30 % a un 12 % es un avance importante. Sin embargo, no podemos conformarnos con la idea de que un 12 % es “asumible” o que corresponde a un grupo de estudiantes “que no les gusta estudiar”. Normalizar que una parte de los jóvenes no alcance una titulación mínima para la inclusión social y laboral es un error. Los indicadores son solo la punta del iceberg: reflejan parte del problema, pero no capturan las desigualdades estructurales que subyacen al abandono. En comparación con otros países europeos, la situación española sigue siendo claramente peor, lo que no corresponde con el nivel de desarrollo del país.

Pregunta: El abandono escolar suele resumirse en una cifra, pero detrás hay realidades muy distintas. ¿Qué mide realmente ese indicador?

Respuesta: El abandono no es solo el momento en que alguien deja de estudiar; es la culminación de un proceso que incluye repetición, absentismo y dificultades en la transición a la educación postobligatoria. El dato refleja solo a los que abandonan formalmente, dejando fuera a quienes permanecen en el sistema sin participar realmente en el aprendizaje o sin obtener los beneficios que la educación debería garantizar. Interpretarlo como una decisión puntual e individual es erróneo, pues esas decisiones están profundamente condicionadas por trayectorias previas y por el margen real que los jóvenes tienen para sostener su recorrido educativo.

Pregunta: Si el abandono es el resultado final de todo un proceso, ¿qué factores están detrás de esa desvinculación progresiva del sistema educativo?

Respuesta: La desigualdad social es el factor estructural principal: condiciones de vida, niveles de pobreza, exclusión y oportunidades fuera de la escuela influyen de manera determinante, y existen diferencias de género, con tasas más altas entre los chicos. Además, el propio entorno escolar contribuye: la segregación de centros que concentran a alumnos en situaciones muy difíciles (desahucios, migración solo, carencias básicas) y a otros con condiciones mucho más favorables crea desigualdades de partida. Otros elementos del sistema, como la oferta educativa, la jerarquía de itinerarios (por ejemplo, la menor valoración de la Formación Profesional), el currículo y los métodos de enseñanza que no se adaptan a la diversidad del alumnado, también juegan un papel. La orientación suele llegar tarde y es más informativa que acompañante, lo que lleva a elecciones por descarte. Finalmente, la dimensión relacional es crucial: los jóvenes necesitan sentir que la escuela es su lugar, que pueden aprender y que cuentan con acompañamiento; la ausencia de esos vínculos alimenta la desvinculación.

Pregunta: En los casos de mayor riesgo, ¿cómo se desarrolla ese proceso? ¿Qué le ocurre al alumno hasta que se aleja de la escuela?

Puntos Clave
  • Tasa de abandono escolar en 2025 del 12,8 %, una caída notable respecto al 30 % de hace quince años y al 20 % de 201

Respuesta: El proceso no se inicia de golpe, sino que se construye gradualmente, a menudo desde la infancia. Pequeñas señales –dificultades de aprendizaje, sensación de no seguir el ritmo, pérdida de sentido– se acumulan y generan una desconexión progresiva. El estudiante deja de ver la utilidad de la escuela y pierde la motivación, lo que afecta su implicación y su relación con el centro. El contexto familiar y social, junto con la falta de respuesta del propio sistema (recursos insuficientes, escasa capacidad de acompañamiento), hacen que esas señales iniciales no se corrijan y la distancia con la escuela se amplíe, hasta que el abandono se presenta como la culminación inevitable de ese proceso.

Pregunta: ¿En qué momento empiezan a aparecer esas primeras señales de desconexión?

Respuesta: Muchas veces ya en la educación primaria aparecen las primeras dificultades, aunque no siempre se reconozcan como alertas. El paso a la educación secundaria constituye un punto crítico: cambia la organización del aprendizaje, aumentan el número de profesores, el nivel de exigencia y la naturaleza de la relación docente‑alumno. Si no se brinda acompañamiento durante esta transición, las dificultades previas se hacen más visibles y difíciles de revertir.

Pregunta: ¿Hasta qué punto el propio sistema educativo contribuye a que esa desconexión se produzca o se acentúe?

Respuesta: El sistema no es neutral; puede compensar las desigualdades de partida o reforzarlas. En la práctica, la educación secundaria sigue siendo bastante homogénea, mientras que la diversidad del alumnado aumenta. Esa falta de adaptación hace que muchos estudiantes no encuentren su lugar ni vean una conexión clara entre lo que ocurre en el aula y su futuro, lo que tiende a consolidar las dificultades iniciales.

Pregunta: Con este diagnóstico, ¿hasta qué punto se puede prevenir el abandono? ¿Qué margen real tiene el sistema para intervenir a tiempo?

Respuesta: No existen soluciones rápidas ni únicas, pero sí hay margen de actuación. Es esencial intervenir de forma anticipada y sostenida, detectando las dificultades a tiempo, ajustando las respuestas educativas y acompañando las trayectorias desde los primeros indicios de problema. Se trata menos de ampliar la escolarización o de retener más tiempo al alumno, y más de ofrecer una experiencia educativa de calidad que responda a sus necesidades.

Pregunta: Se habla de ampliar la escolarización obligatoria hasta los 18 años como posible solución. ¿Podría ser eficaz?

Respuesta: La medida puede tener efectos positivos en algunos casos, pero por sí sola no resuelve el problema. Si no cambian las condiciones en que los estudiantes viven la experiencia educativa, lo que se prolonga es la desvinculación dentro del sistema. Lo esencial es transformar las prácticas pedagógicas y la capacidad de responder a la diversidad, no solo aumentar la duración de la escolarización.

Pregunta: Durante mucho tiempo se ha considerado la educación como un ascensor social. ¿Sigue cumpliendo esa función hoy?

Respuesta: La educación sigue siendo clave para la movilidad social, pero ya no basta con acceder al sistema; importa bajo qué condiciones se transita por él y qué oportunidades reales se abren después. El valor de las credenciales ha cambiado: un título ya no garantiza por sí mismo una inserción laboral estable. Por tanto, la educación sigue siendo necesaria, pero no suficiente por sí sola para asegurar la movilidad social.

Pregunta: Si la situación se mantiene, ¿qué consecuencias tiene para la sociedad?

Respuesta: Las desigualdades se consolidan desde edades tempranas y se vuelven difíciles de revertir. La exclusión educativa condiciona el acceso al empleo, la participación social y las expectativas de futuro de los jóvenes, lo que afecta la cohesión social, genera pérdida de talento, mayor fragmentación y una sociedad menos equitativa. Además, repercute en la economía y en el modelo de sociedad que queremos construir, puesto que el abandono escolar interpela directamente al nivel de oportunidades que estamos dispuestos a garantizar.

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Carlos Méndez Álvarez Periodista

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Buenos Aires. Con 12 años de experiencia, ha trabajado en prensa escrita y digital cubriendo política y derechos humanos. Especialista en investigación periodística y narrativas multimedia.

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