¿Por qué los exámenes universitarios ya no sirven para nada

Universidad estudiante estudiando para examen

En una sala de TeamLabs, en Mrid, no hay pizarras ni exámenes tradicionales. En su lugar, un grupo de estudiantes del grado en Liderazgo Emprendedor e Innovación (LEINN) de la Universidad de Mondragón discute a primera hora de la mañana sobre presupuestos, plazos y clientes. Desde el primer curso, estos jóvenes crean y gestionan una empresa real: facturan, toman decisiones colectivas y asumen riesgos empresariales. La evaluación no se basa en un examen final, sino en el seguimiento continuo de su proceso de aprendizaje, donde se valora su capacidad para justificar decisiones, gestionar errores y demostrar progreso real.

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Una nueva forma de entender el aprendizaje

“Venimos de un sistema muy pasivo, donde te dicen lo que tienes que estudiar y lo repites en un examen. Aquí ocurre justo lo contrario: tienes que responsabilizarte de lo que haces, de lo que aprendes y de cómo lo demuestras”, explica Siham Bennani, directora del grado LEINN. En este modelo, “aprobar” ya no se reduce a memorizar contenidos, sino a demostrar competencias como liderazgo, trabajo en equipo, autonomía y resiliencia. El aprendizaje se mide en acción, no en teoría.

Este enfoque, aunque innovador, no está exento de desafíos. La evaluación individual dentro de un trabajo grupal requiere mecanismos rigurosos para evitar que algunos estudiantes se beneficien del esfuerzo ajeno. Para ello, el propio equipo participa en la valoración, y los docentes observan de cerca el desempeño de cada miembro. A pesar de la exigencia, la tasa de abandono es del 13%, significativamente menor que el promedio nacional en España, que ronda el 30-35%. Según Bennani, quienes abandonan no suelen hacerlo por incapacidad, sino por no adaptarse al ritmo o a la dinámica colaborativa tan intensa.

Uno de los argumentos más frecuentes contra estos modelos es la supuesta pérdida de base teórica. Sin embargo, desde LEINN aseguran que no renuncian a la teoría, sino que la integran de forma práctica, priorizando el desarrollo de competencias y la capacidad de aprender de manera autónoma. “No todos evolucionan al mismo ritmo ni de la misma manera, y eso hace más difícil aplicar criterios homogéneos”, reconoce Bennani, destacando la complejidad de evaluar trayectorias tan diversas.

Experiencias reales con impacto real

Universidad estudiante estudiando para exámenes
  • Un equipo formado en Costa Rica desarrolló un programa de emprendimiento para jóvenes que hoy opera también en India y República Dominicana.
  • Otro grupo creó Gloop, una empresa de cubiertos comestibles que ya colabora con cadenas hoteleras.

Estos casos ilustran cómo el aprendizaje basado en proyectos puede trascender el aula y generar impacto social y económico.

Más allá del examen: modelos en evolución

Este enfoque no es exclusivo de LEINN. En la Universitat Pompeu Fabra (UPF), el grado en Periodismo combina exámenes con evaluación continua y proyectos reales, como el Diari de Barcelona, un medio digital gestionado íntegramente por estudiantes. “En un proyecto así ves cosas que en un examen no aparecen: cómo alguien mejora, corrige errores o toma decisiones en equipo”, señala Marcel Mauri, profesor y director del grado. Pero también advierte: “No todo puede evaluarse así. Hay competencias que requieren comprobación individual”.

Puntos Clave
  • Evaluación basada en el aprendizaje en acción y no en exámenes tradicionales
  • Estudiantes crean y gestionan empresas reales desde el primer curso, desarrollando competencias prácticas
  • El modelo fomenta responsabilidad, autonomía y trabajo en equipo con baja tasa de abandono
  • La teoría se integra de forma práctica y se evita el copiado mediante evaluación grupal y seguimiento docente

El auge de herramientas como ChatGPT ha obligado a repensar qué se evalúa y cómo. “Ahora debes verificar el pensamiento propio del estudiante, no solo la respuesta”, explica Mauri. En talleres con más de 80 estudiantes trabajando como si fueran un medio real, el equipo docente ha tenido que ajustar rúbricas y sistemas de observación para evitar que algunos pasen desapercibidos.

En la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), la evaluación continua es parte del ADN del modelo educativo. Sin aulas físicas ni exámenes finales tradicionales, el aprendizaje se construye mediante entregas progresivas, retroalimentación constante y actividades diseñadas con criterios claros. “La evaluación no puede ser una suma de tareas sin más. Tiene que demostrar que el estudiante ha adquirido las competencias previstas”, afirma Teresa Guasch, vicerrectora de Docencia y Aprendizaje.

Aunque muchos cursos mantienen una prueba final, esta sirve para acreditar el nivel individual alcanzado. Para garantizar la autoría, la UOC emplea portafolios, rúbricas, pruebas orales y sistemas de verificación en línea. “Sin un diseño riguroso, la evaluación continua no funciona”, advierte Guasch. “No basta con cambiar el formato: hay que definir bien qué se evalúa y cómo”.

El debate sobre el examen tradicional

Para Valentín Martínez-Otero, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid, el examen escrito sigue siendo una herramienta valiosa. “Permite comprobar de forma directa el nivel de comprensión individual en condiciones relativamente homogéneas”, argumenta. No se opone a la innovación, pero insiste en que cualquier cambio debe garantizar el rigor académico. “El trabajo en grupo tiene virtudes, pero también puede dificultar la evaluación individual si no hay criterios bien definidos”.

El verdadero reto, coinciden muchos expertos, no es elegir entre examen o proyecto, sino decidir qué tipo de aprendizaje se quiere medir. “Lo razonable es combinar distintas formas de evaluación sin perder de vista la exigencia”, concluye.

¿Qué significa saber hoy en la universidad?

Durante décadas, saber equivalió a recordar y reproducir información en un entorno controlado. El examen fue el instrumento ideal para medir ese conocimiento. Pero ahora, lo relevante no es solo saber, sino qué se puede hacer con ese saber: aplicarlo en contextos reales, resolver problemas inesperados, trabajar en equipo, aprender de los errores.

Los modelos emergentes no buscan eliminar el examen, sino complementarlo con formas de evaluación que capten esta complejidad. El sistema universitario se encuentra en una encrucijada: debe medir con precisión lo que cada estudiante sabe individualmente, pero también evaluar aprendizajes que solo se manifiestan en entornos abiertos y colaborativos.

En una de esas aulas sin pupitres ni exámenes, un grupo de estudiantes debate cómo avanzar en un proyecto con clientes reales y decisiones sin respuestas únicas. No les pedirán que memoricen un temario, pero sí que justifiquen sus decisiones, que reconozcan errores y que demuestren que el conocimiento les sirve para actuar. Este tipo de aprendizaje es más difícil de calificar, comparar o estandarizar, pero es cada vez más el que las universidades buscan fomentar.

El examen, mientras tanto, mantiene su lugar como herramienta que garantiza un mínimo común y sostiene una idea de rigor difícil de reemplazar. Entre ambos modelos —la respuesta individual y la acción en contexto—, la universidad no parece estar optando por uno u otro, sino buscando un equilibrio aún en construcción. Y en ese proceso, la pregunta clave ya no es solo cómo evaluar mejor, sino qué estamos dispuestos a reconocer como prueba verdadera de que alguien ha aprendido.

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Carlos Méndez Álvarez Periodista

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Buenos Aires. Con 12 años de experiencia, ha trabajado en prensa escrita y digital cubriendo política y derechos humanos. Especialista en investigación periodística y narrativas multimedia.

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